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Artes
por Reina Roffé
(...) -¿Europa después de la lluvia es su libro más lírico y melancólico?
-En Europa después de la lluvia la unidad
es de visión: la mirada melancólica sobre Europa,
especialmente sobre una ciudad, Berlín, en la época
del muro. Es la mirada de una extranjera, es decir, de alguien separado,
no integrado. El libro surgió durante mi estancia en Berlín,
en 1980, gracias a la invitación de la Deustche Akademmischer
Aussensdienst, una invitación muy generosa, que permite residir
en Berlín y escribir (o no: es una elección personal)
subvencionadamente. Yo, que era una exiliada en Barcelona, me enamoré
de la ciudad de Berlín. Era una ciudad simbólica,
onírica: dividida en dos por un muro, como ocurre en los
sueños repetitivos, donde un obstáculo impide siempre
el goce. Apollinaire, que había visitado la ciudad durante
la Primera Guerra Mundial, escribió que ya entonces Berlín
era la ciudad más triste del mundo. A mí no me pareció
triste, sino melancólica, romántica (en el sentido
estético del -En Europa después de la lluvia, título que se corresponde con el nombre de uno de los cuadros del pintor surrealista Max Ernst, hay un poema, "Aquí todavía todo está flotando", que es un homenaje a este pintor. ¿Piensa, como alguna vez dijo Julio Cortázar, que el surrealismo ha ejercido en usted una fuerte influencia y le ha servido para desarmar modelos?
-No siento ninguna simpatía por el surrealismo literario. En literatura, no soporto la arbitrariedad. En cuanto al "juego", del cual tanto ha escrito Huizinga y el propio Cortázar, es un símbolo. No hay ningún juego inocente. Hasta cuando Karpov se enfrenta a Deep Blue, las interpretaciones se multiplican: el hombre enfrentado a la máquina, la inteligencia natural y la artificial, etc. Todo jugador sabe (y yo soy una jugadora aficionada) que en cualquier partida, en cualquier apuesta, en cualquier pase, se juegan muchas más cosas que las aparentes. Nadie juega sólo dinero, sólo fichas, sólo dados. Y los juegos de palabras, o los lapsus, son muy significativos. El surrealismo en pintura me gusta un poco más, aunque también le exijo significación, no azar o pirueta. "Aquí todo está flotando" es un pequeño dibujo de Max Ernst muy poco conocido. Tan poco conocido que mi traductora alemana, que no lo había visto nunca, tuvo que recurrir a una especialista en Max Ernst para obtener el nombre original del cuadro (el verbo flotar, en alemán, se escribe de diferente manera, según signifique flotar en el aire o flotar en el agua). Lo que me apasiona, en cambio, es la facultad humana de simbolizar, génesis del lenguaje. Me extasía contemplar una cruz, por ejemplo. ¿Suma, cristianismo, farmacia? Me enamoro de palabras, en cualquier lengua. Y de las voces que las pronuncian. Creo que las palabras son pequeños fetiches. De ahí a inventar símbolos y vocablos sólo hay un paso.
-En este libro usted presenta su visión de la Europa contemporánea a través de la mirada de una extranjera. ¿Continúa pensando que "aquí todavía todo está flotando"?
-El dibujo de Max Ernst me resulta fascinante: un navío inclinado, entre el mar y el cielo. No se sabe si está a punto de volar o de naufragar. Reino de la ambivalencia, del doble sentido. Tampoco sabemos a qué se refiere el "Aquí". ¿Al mar? ¿Al aire? ¿A Europa? ¿A la humanidad? Quise poetizar esa ambigüedad en el mito y en la historia de Europa. (Sin olvidar que Max Ernst pintó, también, ese terrible cuadro de destrucción, caos e infierno que es "Europa después de la lluvia", alusión, sin duda, a la Segunda Guerra Mundial). Escribí el libro cuando Mäastrich todavía no se había diseñado, pero la unidad europea comenzaba a esbozarse, como mito y como plan económico. El libro recoge los dos sentimientos que puede inspirar este continente al mismo tiempo: las filias o las fobias. Procuré que mi mirada fuera la de una extranjera, cosa nada difícil, si tenemos en cuenta que nací en Montevideo, vivía en Berlín, no hablaba alemán ni inglés, pero me subyugaban los bosques de la ciudad, sus lagos y la pintura de Caspar David Friedrich, un pintor casi desconocido en España, entonces. (También padeció un largo período de ostracismo en Alemania, aunque a partir de 1980, aproximadamente, su pintura ha vuelto a considerarse como lo mejor del romanticismo alemán y europeo). Pero mi sentimiento de extranjeridad era relativo. Mis bisabuelos, tanto los maternos como los paternos, eran europeos, la educación que recibí era imitación de la francesa y Montevideo fue, con Buenos Aires, la ciudad más europea de América Latina. El primer indio que vi en mi vida fue en Berlín: un pintor indígena exiliado, chileno. Yo entonces tenía más de treinta años. Me licencié en literatura comparada, europea, aunque muchos de mis escritores favoritos eran norteamericanos. Creo que las mezclas son muy sabias, son muy buenas, y mis antepasados estaban un poco revueltos. De todos modos, es una suerte que me guste la ópera italiana tanto como el blues, Wagner y Barbra Streissand, Poe y Kafka. (...) *La presente entrevista forma parte del libro Conversaciones americanas de la escritora y periodista argentina Reina Roffé (Páginas de Espuma, Madrid, 2001).
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