Adriana

9 de Noviembre de 2010 por gabrielaa.

Bárbara Gill, Columnas

Tenía doce cuando se quedó sin padre. Cosa rara, porque hace cincuenta años nadie mataba al “vigilante de la esquina”, pero así fue. Y ahí comenzo a hacerse cargo. De la madre derrumbada, de la hermanita de cuatro años –que nunca le perdonó que ella hubiera disfrutado de un padre-, de los arreglos de la casa, de la economía, de las relaciones con “el mundo exterior”. Y ella se echó el fardo al hombro y apechugó.

Se casó con el hombre que eligió, tuvo una hija antes de darse cuenta. Siguió con su madre y hermana a cuestas. Perdió varios embarazos avanzados. No quería tener hijos, pero no había dinero para un DIU, pero sí para la prepaga que le atendía los abortos. Tuvo un hijo con menos de seis meses de embarazo. Tuvo un hijo con ocho meses. Tuvo una hija, decidió que le ligaran las trompas. Ya era mucha gente a upa de sus hombros: madre, hermana, cuatro hijos… y un marido adicto al trabajo, con mucho viaje por América y Europa que volvía para irse, sin un regalo, sin mucha explicación.

Se acostumbró a trabajar de noche, cuando no había mamaderas, collages para el jardín ni teléfonos de la madre. Lavar, planchar, coser. Olvidó la sonrisa. Olvidó que existía. Era un par de manos, un par de piernas y un cerebro al servicio de los demás. Cada tanto parecía despertar. Miraba a su alrededor desconcertada y rabiosa y no entendía. Rápidamente la ponían en caja su madre, su hermana, sus cuatro hijos, su marido…

Comenzó a enfermarse. Nada muy grave, pero bien jodido: ciática, úlcera y otras “dolencias crónicas”.

En algún momento descubrió que le gustaba trabajar con las manos, pero no para la familia sino “porque sí”: cestería, tejido en telar, tapices… Claro que lo hacía fuera de los horarios obligatorios, de noche. Sola y tomando café, entusiasmada con una idea, sonriendo ante un logro, pero jamás desatendiendo a su madre –cada vez más tirana-, ni a su hermana –cada vez más estafadora-, ni a sus hijos –cada vez más distantes-, ni a su marido –cada vez más desatento-.

Perdonó todo: maltratos y engaños, indiferencia y abuso. Corrió cada vez que su madre o hermana le exigían un socorro. Soportó que sus hijos varones se negaran a estudiar y tuvieran “problemas de conducta”. Sufrió en un silencio apenas interrumpido por alguna rebeldía, inexplicable para los demás, extravagante…

Hoy sigue igual. Quizá…

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