Bárbara 5 (yo)
30 de Marzo de 2011 por gabrielaa.
Ser minoría. Es un concepto que todos y todas conocemos, entendemos y decimos respetar. Lo cierto es que la gran mayoría no fuimos minoría, no sabemos qué se siente cuando una es minoría. Yo lo experimenté en algunas oportunidades, con más o con menos comodidad.
Hace algunos años estuve en Rosario, era el 8 de marzo y éramos un montón en una plaza. Un acto bien lindo, estimulante. Después nos fuimos en banda a comer pescado asado al mejor boliche de la costa rosarina. Éramos más de diez. Todas lesbianas y yo. No sentí la menor incomodidad, pero me di cuenta de que era minoría, la “gran” minoría. Fue una sensación desconocida. Nunca antes fui “minoría”, porque soy blanca y heterosexual; lo que se dice “mayoría”, en cualquier lugar.
Antes de eso, mucho antes, supe ser minoría en ambientes laborales dominados por los varones, pero más bien me sentía “cabeza de playa” y nunca me achiqué, por el contrario, supe sacar ventajas, pero apelando a mi intelecto. Siempre me fue muy bien y jamás se me ocurrió pensar en que era minoría, era una competencia entre cabezas, no entre sexos.
Estando en México D.F. viví alojada en la casa de una antropóloga social. La casa estaba en lo que llamaríamos “un barrio popular”, tanto que en vez de Santo Domingo lo llamaban Mato Domingo, por los balazos que arreciaban los fines de semana. Para llegar allí, previo paso por un extraordinario puesto de tacos, debía tomar un “pesero”, un ómnibus que salía desde la boca del metro y cargaba bastantes más pasajeros de lo que se podía creer. Allí sí me sentí minoría, era la única “güera”, por mucho que no sea rubia. Fui el blanco de todas las miradas, algunas francamente agresivas. Bendecía al cielo cuando me bajaba.
En el mismo México D.F. tuve otra oportunidad de comprobar qué se siente siendo minoría, minoría absoluta. Llovía torrencialmente cuando visité el santuario de la Guadalupe. Amainó un poco y me di una vuelta por el mercadillo adyacente. “¿Qué le vendo, güerita?”. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que la única güerita podía ser yo. Una sensación terrible, qué no habría dado por ser morochísima, pero no lo era, era la puta minoría y no tenía dónde ocultarme, decenas de ojos oscuros seguían mis pasos.
Aprendí que una puede ser políticamente correcta, respetar las minorías, incluso trabajar o batallar por ellas, pero hasta no sentir en la propia piel esa sensación de no encajar del todo, de no ser una más de la manada…
Toda mi solidaridad, mi auténtica sensación de pertenencia –aun por la negativa- con l@s que trabajan para que las minorías no sean percibidas como “lo raro que debemos tolerar”. Fui tolerada, pero no aceptada. Pavada de diferencia.
Tags: mujeres
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