Nombre no tan propio

10 de Febrero de 2011 por kamala

Claudia Anzorena, Columnas

Me llamo Claudia. Mi nombre no me nombra sólo a mí, sino que nombra a otras. Otras cuyas experiencias y condiciones de vida son tan diferentes a la mía que lo convierte en incapaz de definiciones unívocas. Mi nombre es tan mío como de otras.

Otras Claudias

Claudia se llama la mujer que estuvo presa por el homicidio de su marido, un policía violento y abusador.

Claudia se llama la chica discapacitada que fue violada por el cuñado y su mamá pidió un aborto legal.

Claudia se llama una militante y escritora feminista que admiro y aprecio.

Claudia se llama la mujer empleada doméstica que viene a mi casa una vez por semana.

Claudia se llama la mujer que viene casi todos los domingos a la casa de mi mamá a pedirme cosas. Y es de la que quiero hablar…

El mundo del “sálvese quien pueda”

Claudia se llama como yo y tiene mi edad, pero a ella “le tocó” una vida de “carencias”: socioeconómicas, afectivas, educativas.

En el informe psicológico para solicitar la ligadura de trompas, es decir al que la sometieron por ser pobre y pedir métodos anticonceptivos, dice que es inmadura y tiene pensamiento infantil, fantasea y su capacidad de razonamiento es limitada. O sea, le dijeron muy elegantemente que es “casi” tonta. Afortunadamente para su autoestima ella no puede leer eso que le han dicho, porque es una analfabeta funcional.

No vive en un barrio popular sino que le alquilan una piecita en una casa, tal vez tomada, en un barrio de clase media de Guaymallén, Mendoza. Los servicios básicos son escasísimos. Claudia es una buscavida, subsiste por lo que pide de casa en casa, algunas changuitas y cositas que vende: plantas, chucherías, alguna cosa robada, lo que sea. Además de hacer eternas peregrinaciones por cuanta institución pueda brindarle algo desde centro de salud, ministerios de desarrollo social, municipios… también parroquias y lo que sea. Por ahí encuentra empleos en casas de familias u otros lugares, pero nunca permanece. No entiende la lógica del horario o del cumplimiento. Su fuerte está en el ir de casa en casa contado sus penurias y aprovechando la  caridad de sobrante de la gente.

Claudia tenía 2 hijas ya grandecitas, de 11 y 9 años. Las chicas igual que ella están desnutridas y le faltan los dientes. Sin embargo las cuida tiernamente, con los recursos que tiene y que no tiene. Las manda a la escuela, las higieniza en la medida de lo posible, camina y camina para que tengan qué comer. Hace un par de años se fue a vivir a Las Heras, pero se volvió porque allá no podía mandar a las hijas a la escuela. Le dan el abono para el transporte de las chicas pero no para ella y no las quiere dejar ir solas hasta la escuela.

En todo ese tiempo  ella no había tenido pareja, hasta hace poco más de un año que se enganchó con alguien, y quedó embarazada. Me contó cuando estaba ya de 5 meses: “yo pensé que ya no podía tener hijos porque en todo este tiempo no tuve”. Me dijo que pensó en “sacárselo” pero le dio miedo morirse: “Si yo me muero quién va a cuidar a mis hijas”. Y ahora ya era tarde porque “lo siento ya está vivo”. Brian Ezequiel es su nombre.

Brian llegó a un mundo que le asigna un lugar de exclusión. Sus hermanas están muy enojadas con la mamá y con su hermano: donde no comen dos menos comen tres. Y un bebé requiere  mucha atención, todos los recursos y el afecto de mamá sólo es para él. También es para él la asignación universal por hijo: Brian tuvo la “suerte” de que el padre biológico no lo reconociera, entonces su madre tiene derecho al subsidio por él. Pero no por las hijas, que si bien han sido abandonadas por su padre, éste tiene los derechos sobre ellas y no renuncia, por vagancia o por egoísmo. Esto significa para Claudia más peregrinaciones, esta vez a los juzgados de familia y a las oficinas del ANSES. Al padre biológico lo citan y no se presenta. El trámite para una madre sola en la crianza y sustento, son eternos: citas para conciliar, turnos con funcionarios, esperar a las trabajadoras sociales… en fin, hubiera sido preferible que nunca las reconociera.  Si hay un padre, el Estado no se hace cargo. Los patriarcas no se disputan los lugares.

Claudia pidió la ligadura tubaria, es consciente que no puede tener más hijos o hijas. Los trámites son eternos. Hablar con el médico, hablar con la psicóloga, hablar con la trabajadora social para que todas y todos certifiquen que es una incapaz y merece ser castrada.  Y después las esperas.

Mientras Claudia sigue. Casa por casa. Pesito a pesito. Cantando a los cuatro vientos sus desgracias: se me incendió la casa, me van a echar de la pieza si no pago, siempre son las mismas de manera recurrente. Mostrando sus pequeñas conquistas, me dieron un colchón, unas mantas, un vale por comida. Y rindiendo cuenta de que hizo lo que dijo que iba a hacer con esos mangos que le facilitaste.

El último domingo vino con el pequeño Brian, que está por cumplir una añito, en un mundo que sólo le garantiza a duras penas la supervivencia. Yo con mi bolsa llena de ropita, había un pantaloncito de polar. Claudia se iluminó cuando lo vio, me dijo: “lo tengo sin nada, no he podido siquiera comprar pañales, ayudame a ponérselo”. Sacó de entre las mantas el pequeño cuerpito de Brian, con un pañal gigante de mala calidad, parecía una bolsa de nylon y después me di cuenta que era un pañal para adultos atado con infinitas vueltas y cuidado.

Y yo me quedé con esta imagen de pañal adaptado. Con esta imagen del mundo. Con esta historia que no es mía pero si de mi nombre. Preguntándome cómo es para Claudia[1].


[1] Adrienne Rich en el prólogo de “Nacida de mujer” (Barcelona: Noguer, 1978, p 16), explica que para escribir su libro siempre tuvo en mente la pregunta “Pero ¿cómo fue para las mujeres?”.

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1 comentario en este artículo

  1. claudia dijo:

    yo tambien me llamo cñaudia y no sabia que hubiera tantas claudias por ahi ademas pensaba que era un nombre d e lo mas raro

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