El mapa de la solidaridad

20 de Septiembre de 2012 por kamala

Claudia Anzorena, Novedades

por Claudia Anzorena

(publicado en La indignada, año 1 número 1, La Otredad, San Martín, Mendoza)

Positivo. Pero Iris no podía o no quería continuar con ese embarazo. Vive en un lugar donde se valora al ser en potencia tanto como se desprecia a las mujeres y a sus decisiones. Iris estaba muy angustiada. Clara se dio cuenta que algo le pasaba.  Clara no estaba muy de acuerdo con eso pero… Iris la sensibilizó. Sintió que tenía que ayudarla. Clara le preguntó a Ana. Ana seguro algo tenía que saber. Le dijo que una amiga había ido al Dr. Diez Mil, pero que había visto en una calco un número donde daban información sobre abortos seguros. Eso era exactamente lo que necesitaban, algo seguro y accesible.

Hace un tiempo, la visita de un barco de un país (Holanda) con más derechos, hizo pública la existencia de una droga llamada misoprostol que, utilizada adecuadamente, provoca abortos.  Ya se usaba en muchos países donde esta práctica era (es) ilegal y había reducido notablemente las complicaciones por abortos inseguros. Supieron además que el misoprostol, junto con la mifepristona, se utilizaba para realizar abortos medicamentosos legales en países donde la interrupción del embarazo, inclusive por voluntad de la mujer, estaba (está) permitida. Women On Waves (Mujeres en las Olas) consideraba, al igual que muchas activistas del país de Iris, que era importante informar sobre la existencia de ese medicamento y cómo usarlo para provocar el efecto deseado sin riesgos y al alcance de las mujeres con menos recursos. Entonces posibilitaron la creación de líneas telefónicas para dar esta información. Diferentes corporaciones e instituciones no vieron con buenos ojos este gesto de autonomía y autodeterminación, y entonces pusieron obstáculos al acceso al misoprostol. Esto, entre otras cosas, elevó el costo del remedio e introdujo requerimientos indebidos para comprarlo. Por otro lado, o sea por el lado de la solidaridad y no de la represión o del negocio, como muchas mujeres fueron (y van) recurriendo a esta solución, diferentes grupos feministas a nivel local se organizaron para brindar información, e inclusive para ayudar a las mujeres que no podían o no querían acceder al Dr. Diez Mil.

Cuando Iris se encontró en esa situación y puso en palabras su desconsuelo, una red de solidaridades se tejió. Algunas mujeres le informaron. Otras la ayudaron a conseguir lo necesario. Otras la acompañaron. Inclusive bajó información de internet. Para Iris todo estuvo bien. Pero tuvo miedo. El miedo que provoca la incertidumbre de una cultura que medicaliza nuestros cuerpos, que convierte al sistema de salud (aunque no en su versión preventiva) en mediador de todos los procesos relacionados con la sexualidad y la reproducción. El miedo que provoca la clandestinidad en una trama institucional heteropatriarcal que designa el parir y criar como obligatorio e ineludible para las mujeres.

Y así se van armando los mapas de la solidaridad, de la seguridad, de la autonomía. En la malla firme de confiar en la otra. Del compartir un saber que no se comercializa.

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