Vos Llamá a “Jane” (Just call Jane)

9 de Diciembre de 2013 por kamala

Aborto, Biblioteca, Novedades

Compartimos la traducción de este artículo llamado “Just Call Jane” publicado en Marlene Gerber Fried (comp.), From Abortion to Reproductive Freedom: Transforming a Movement, South End Press Collective, 1990, pág. 93. Traducción al castellano: Gabriela Adelstein, Buenos Aires, 2013.

En Argentina, como en la mayor parte de Latinoamérica, el aborto es ilegal y está penalizado, con excepción de algunas causales que difícilmente se cumplen: peligro de la salud y violación. Sin embargo, la ilegalidad nunca ha evitado que las mujeres se realicen abortos cuando se enfrentan a embarazos no deseados, ni que las feministas se organicen para que los abortos seguros sean accesibles, simbólica y económicamente, cada vez para más mujeres.

Creemos, entonces, que es fundamental conocer nuestras genealogías que muestran las experiencias que se dieron y se siguen dando alrededor del mundo, de cómo las mujeres nos organizamos, reafirmamos nuestra autonomía, no sólo desde el discurso sino también, y sobre todo, desde las prácticas liberadoras y de solidaridad.

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Vos Llamá a “Jane”*

“Jane”

Enfrentadas a una opción entre la ley y nuestras vidas, elegiremos nuestras vidas. Esta puede ser una opción terrible, llena de culpa y autoacusación. Durante años, antes del aborto legal, millones de mujeres hicieron esa elección. A veces pagaron con sus vida por esa elección. Para las mujeres con dinero, al menos los peligros físicos podían minimizarse. Siempre había disponibles doctores caros y viajes al exterior. Las mujeres pobres, las mujeres trabajadoras y las mujeres sin dinero propio quedaban atrapadas. Su desesperación las llevaba a callejones, a las manos de médicos cuya competencia y cuya motivación eran, en el mejor de los casos, cuestionables. En Chicago, el Hospital de Cook County tenía un pabellón entero para mujeres con abortos sépticos. Ese pabellón a menudo estaba lleno.

En los años ’60 las mujeres comenzaron a romper su aislamiento y a hablar públicamente sobre sus abortos. Con el crecimiento del movimiento de liberación de las mujeres, las primeras feministas vieron el derecho al aborto, el control de la reproducción, como la piedra basal para la capacidad de las mujeres de participar en el mundo en un pie de igualdad. En todos lados se organizaron grupos para encontrar médicos competentes, brindar apoyo emocional y consejería, y para derivar a mujeres a abortos. Muchas de estas mujeres y hombres habían oído la desesperación, había escuchado el sufrimiento, y habían experimentado de primera mano las pesadillas que se encontraban al abortar fuera de la ley. Estas personas comprometidas estaban decididas a brindar un salvoconducto a las mujeres que eligen el aborto.

En Chicago, si eras pobre y necesitabas un aborto, llamabas a Jane. Jane comenzó como un servicio de consejería y derivación, como todos los otros del resto del país. Pero Jane era diferente. En dos años adquirimos todas las habilidades necesarias para realizar abortos de primer y segundo trimestre seguros, solidarios y de bajo costo. Jane se había convertido en un servicio de abortos ilegal, flotante, feminista y clandestino, operado por mujeres para mujeres. Cuando Jane cerró en la primavera de 1973, habíamos realizado más de 11.000 abortos. Pero nadie que hubiera participado en Jane desde sus comienzos en 1969 tenía la menor idea, ninguna noción, de aquello en lo que este grupo se convertiría.

“El servicio”, como nos referíamos a él, fue organizado a fines de los ’60 por una de las fundadoras de movimiento de mujeres de Chicago. Esta mujer quería que un grupo de mujeres se hiciera cargo de la consejería y las derivaciones que había estado brindando informalmente ella sola. El grupo sabía que las mujeres se sentirían más cómodas llamando a una persona, así que se llamaron a sí mismas Jane, un nombre de mujer común.

La forma en que funcionaba era simple. Una mujer llamaba y se encontraba con una consejera que le explicaba el procedimiento y el costo, y contestaba sus preguntas. El nombre y el número de la mujer eran entregados al médico, quien se hacía cargo a partir de ese momento. La consejera podía contactarla nuevamente sólo después del aborto, cuando la mujer estaba de vuelta en su casa. Los abortos se hacían mediante DyC [dilatación y curetaje] en habitaciones de hotel, y el costo era de 600 dólares.

Las mujeres del grupo se dieron cuenta, casi instantáneamente, de que necesitaban tener más control sobre lo que sucedía con las mujeres que les derivábamos- y nosotras necesitábamos bajar el precio. Para una mujer de recursos, en 1969, 600 dólares era mucho dinero, pero podía afrontarlo. Pero para la amplia mayoría de mujeres, 600 dólares era lo mismo que 6 millones. Dos mujeres de Jane se reunieron con un representante del médico y comenzaron a negociar. Si podíamos garantizar tantos abortos por semana, él bajaría el precio a 500 dólares y ocasionalmente haría uno gratis. Dado que el número de mujeres que llamaban a Jane cada semana era inferior al número garantizado, tuvimos que empezar a publicitar nuestro servicio.

Al mismo tiempo que Jane se armaba y crecía, también lo hacía la Chicago Women’s Liberation Union. Esta organización aportaba un foro ya establecido, como para difundir lo que hacía Jane. Había mujeres hablando sobre la liberación de las mujeres en todos lados y, cuando lo hacían, hablaban sobre aborto y pasaban el número de Jane.

El médico que trabajaba con Jane era sumamente reservado respecto de su identidad. Nadie del grupo podía reunirse con él, y las mujeres que se hacían un aborto iban con los ojos vendados. Un día, un marido furioso se presentó en la habitación de hotel. El médico huyó y llamó por teléfono a Jane. Las mujeres que llegaron a rescatarlo vieron su cara y descubrieron su identidad. Más tarde, sentadas en una de sus casas hablando sobre la situación de la que habían escapado por un pelo, sugirieron que él podía trabajar en sus casas, en lugar de usar habitaciones de hotel. Las casas serían más seguras para él, y más cómodas. Y ahora sabían quién era él, no había razón para que ellas no pudieran asistirlo durante los abortos. Casi por azar, las mujeres de Jane obtuvieron la oportunidad de controlar el proceso de aborto.

Dado que las pocas mujeres que lo habían visto eran las únicas que él quería que lo vieran, el médico estuvo de acuerdo con el nuevo arreglo. A medida que ellas asistían a los abortos, dando la mano y hablando con las mujeres, limpiando la habitación y el instrumental, se dieron cuenta de que el procedimiento que estaban observando no era tan complicado. Pensaron, “Esto no parece tan difícil. Podemos aprender a hacer esto y cobrar muchísimo menos también.” Gradualmente empezaron a hacer parte del trabajo médico-técnico, dando inyecciones, insertando espéculos, todos los pasos previos al DyC. Desgastando la resistencia del médico, incorporaron a otras mujeres, una por una, a la tarea.

Mientras tanto, las mujeres seguían siendo rechazadas por falta de fondos. Les pedíamos que trataran de juntar el dinero para pagar su aborto durante algunas semanas. ¿Qué podés empeñar? ¿A quién le podés pedir dinero prestado? ¿Cuán importante es esto para vos? El dinero se convirtió en el mayor conflicto entre el servicio y el médico. La batalla por bajar el precio era eterna. Se lo fastidiaba constantemente. Finalmente él se convirtió en un empleado asalariado del grupo, el precio se redujo, y ninguna mujer fue rechazada nunca más por falta de fondos.

En cualquier procedimiento médico-quirúrgico existe la posibilidad de complicaciones. En los abortos, las complicaciones más comunes son las hemorragias y las infecciones. ¿Qué podíamos hacer en caso de una emergencia? Escuchábamos informes de mujeres que habían sido hostigadas por el personal de las salas de emergencia, a quienes les habían dicho que no recibirían tratamiento a menos que hablaran; frecuentemente se llamaba a la policía. Empezamos a hablar indirectamente con nuestros médicos sobre la actividad en la que estábamos involucradas, tanteándolos sobre el tema del aborto en general. Le pedimos a estudiantes de medicina conocidos que nos dieran nombres de médicos amigables y, cuando un médico nos derivaba mujeres en forma regular, lo contactábamos. Les pedíamos a estos médicos que nos brindaran apoyo médico para emergencias, y les pedíamos todo tipo de información médica. Algunos internaban mujeres en los hospitales; algunos nos conseguíamos las drogas que necesitábamos; algunos atendían a mujeres en los chequeos post-aborto. Uno nos enseñó a hacer exámenes pélvicos.

En las reuniones de Jane, las mujeres empezaban a cuestionar si nuestro médico era, de hecho, un médico matriculado. Finalmente se descubrió que no. Para algunas mujeres, esto fue una crisis. Algunas dejaron el grupo. Una lloró porque sentía que había estado mintiendo a las mujeres que aconsejaba. A esta altura, Jane tenía más de un año de experiencia con este hombre. Era competente y responsable. Los informes de los chequeos post-aborto eran todos muy positivos. Nos resultaba claro que alguien que realizaba tantos DyC era probablemente más competente que un médico que raramente hacía uno. En medio de esta discusión, una mujer dijo, “Si él puede hacerlo y él no es médico, entonces nosotras también podemos hacerlo.” Vio una leve sonrisa en la cara de la mujer sentada frente a ella. Ni ella ni la mayoría de las mujeres presentes en esa reunión sabía que esta mujer ya estaba aprendiendo.

Hacia fines del verano de 1971, las vendas en los ojos habían desaparecido, y también el hombre. Bajamos el precio a 100 dólares o lo que pudieras pagar. El precio promedio que se pagaba por un aborto era 40 dólares. El control que sentíamos era tan esencial, finalmente era nuestro. De la experiencia de primera mano aprendimos que cuanto más relajada estaba la mujer, más fácil sería el aborto. Y, aún más significativamente, vimos que cuanto más sabía y entendía la mujer sobre lo que estaba ocurriendo, y cuanto más calmas y más cómodas estábamos nosotras, más relajada estaría ella.

Trabajábamos tres días por semana, haciendo un promedio de 20-30 abortos por día. Algunas mujeres habían aprendido a hacer DyC completos y a inducir abortos. Otras mujeres estaban en proceso de entrenamiento, una especie de aprendizaje práctico. Un profesional experimentado trabajaba lado a lado con la mujer que se estaba entrenando. La aprendiza comenzaba con el primer paso del aborto y, cuando se sentía tranquila haciéndolo, pasaba al paso siguiente. Trabajábamos en toda la ciudad, en nuestros propios departamentos, en casas de nuestras amigas, en cualquier lugar seguro que pudiéramos encontrar. Ocasionalmente alquilábamos un departamento. Estos departamentos eran usados también por mujeres que inducíamos en su segundo trimestre, para completar el trabajo de parto y los abortos.

Cuando una mujer llamaba a Jane, le contestaba una grabación que decía, “Soy Jane de la liberación femenina; por favor dejá tu nombre y tu número de teléfono y alguien te llamará.” Una miembra de Jane contestaba cada llamado y pedía a la mujer su nombre, dirección, número de teléfono, fecha de su última menstruación, historia de embarazos, y cualquier problema médico. La información se registraba en fichas. En las reuniones, la pila de fichas pasaba de mano en mano y cada una elegía las fichas de las mujeres que podían aconsejar esa semana.

Cada consejera organizaba sus encuentros con las mujeres cuyas fichas había elegido. Se alentaba a cada mujer a que trajera consigo a cualquier persona que quisiera. Lo que llamábamos “sesiones de consejería” eran en realidad sesiones para compartir información. Mientras tomábamos el té, explicábamos el procedimiento: a dónde iría, quién estaría allí, qué sucedería exactamente, qué instrumentos se usarían, qué sentiría, y a qué debía estar atenta después. Compartíamos todo lo que sabíamos sobre anticoncepción, y entregábamos copias de Our Bodies Ourselves, The Birth Control Handbook y The VD Handbook.

El día programado para su aborto, la mujer iba a un departamento que llamábamos el Frente. Se la alentaba a venir con alguien. El Frente era una de nuestras casas o de las casas de nuestras amigas. En el Frente había mucha gente – mujeres esperando, sus amigas, esposos, novios, madres, y niños. Una consejera trabajaba en el Frente respondiendo preguntas, calmando nervios tensos, asegurándose de que hubiera bastante para comer.

Llevábamos a las mujeres en pequeños grupos desde el Frente hasta el lugar donde se realizaban los abortos, otro departamento o casa perteneciente a una de nosotras o a una de nuestras amigas. Los abortos se realizaban en los dormitorios, sobre camas normales. Siempre había alguien del servicio que se sentaba con la mujer, le tenía la mano, y le hablaba. Hablábamos sobre el procedimiento, sobre su trabajo, sus chicos, la escuela, lo que fuere. Tomábamos muestras para Papanicolau de todas las mujeres, y les mostrábamos su cervix con un espejo.

Cuando el aborto estaba completo, repasábamos lo que podía hacer y lo que no durante las siguientes semanas, y le dábamos cajitas de pastillas para prevenir hemorragias e infección. Cada consejera trataba de mantenerse en contacto con la mujer que aconsejaba durante dos semanas, para monitorear su recuperación.

Las mujeres que pedían los servicios de Jane provenían de todos los grupos raciales, étnicos y religiosos. Cuando el Estado de New York legalizó el aborto en 1970 y pudimos bajar nuestro precio, Jane se convirtió en un servicio para mujeres pobres, mujeres que no podían dejar el área de Chicago ni siquiera por un día, y, progresivamente, mujeres de color. Las mujeres que se acercaban a Jane tenían entre 13 y 52 años. Había mujeres jóvenes y asustadas que nunca habían tenido un examen ginecológico. Había mujeres mayores que tenían varios hijos. Venían mujeres que habían quedado embarazadas usando todos los métodos de anticoncepción. Venían mujeres que nunca habían usado métodos anticonceptivos. Muchas estaban trabajando con salarios mínimos, que eran apenas capaces de mantener a sus familias. Algunas mujeres venían con el apoyo de amigas y familia, mientras otras venían en secreto, aterradas de que alguien se enterara. Habían obtenido el número de Jane de su doctor, de una clínica, de un policía de su barrio, de un amigo, pasado de boca en boca. Era, en efecto, el secreto más conocido de Chicago.

Desde 1969 hasta 1973, entre 100 y 120 mujeres fueron miembras de Jane en algún momento. En las primeras épocas las miembras eran en su may oría amas de casa y madres; los ingresos de sus maridos les brindaban la libertad de organizar el grupo en formación. Siempre había estudiantes universitarias involucradas. Más adelante, cuando el volumen de llamados había aumentado dramáticamente, se unió a Jane un grupo de feministas jóvenes, solteras y radicales, que podían mantenerse con muy poco. La energía de las amas de casa permitió al grupo organizarse y establecerse; las jóvenes feministas le permitieron al grupo continuar y prosperar. Si bien siempre había en el servicio algunas mujeres de color, el grupo era mayoritariamente blanco. Muchas de nosotras nos sentíamos incómodas con la composición racial del grupo; hablábamos de esto constantemente. Las edades de las miembras iban desde los 19 hasta los 49. Había maestras de escuela suburbanas y feministas hippies, mujeres activas en NOW [National Organization for Women], y mujeres que rechazaban la política de clase media de NOW. Había miembras que, hasta el día de hoy, no se consideran feministas. Nuestros estilos variaban; nuestras personalidades a veces entraban en conflicto. Pero el trabajo era más importante que cualquier cosa que nos dividiera. Para la mayoría de nosotras, éste era nuestro primer trabajo en el movimiento de mujeres; para muchas de nosotras, era nuestro primer trabajo político real.

Para mayo de 1972, 250 mujeres dependían de nosotras cada semana para hacer sus abortos. Y entonces nos arrestaron. A partir de una queja de un pariente de una mujer con un aborto programado, la policía allanó nuestro lugar de trabajo, arrestando a siete mujeres incluyendo a muchas de nuestras aborteras entrenadas. Durante las siguientes semanas todo fue un caos. ¿Qué podíamos hacer por todas esas mujeres en espera? Las clínicas de New York y Washington, D.C. fueron de mucha ayuda. Por lo menos una ofreció abortos gratis para mujeres derivadas por Jane. Tuvimos consejeras en los aeropuertos para que las mujeres tomaran aviones, y consejeras para esperarlas a la vuelta. Mientras tanto, las mujeres arrestadas se reunieron con abogados, se presentaron ante los jueces, y esperaron a que la Corte Suprema anunciara su decisión en el caso Roe v. Wade.

En dos semanas Jane estaba nuevamente trabajando, operando más clandestinamente. En menos de dos meses estábamos trabajando como siempre. Para el otoño de 1972, 300 mujeres dependían de nosotras para sus abortos.

En Enero de 1973 la Corte Suprema legalizó el aborto. Continuamos con nuestro trabajo hasta que las primeras clínicas legales se abrieron en Chicago en la primavera de 1973, haciendo accesibles los abortos legales. Entonces, sin fanfarrias, Jane dejó de operar. El caso contra las profesionales arrestadas, “the Abortion 7”, fue desestimado. Las mujeres de Jane dieron un suspiro colectivo de alivio. Ya no nos veríamos forzadas a infringir la ley para elegir nosotras mismas, para elegir sobrevivir. Pero nuestro alivio estaba teñido de preocupación. Sabíamos por experiencia propia que el aborto en manos de profesionales médicos, incluso legalizado, sería una experiencia diferente del aborto controlado por mujeres. Era poco probable que el modelo médico, con su poderosa mística que nos había mantenido ignorante de nuestros propios cuerpos, ofreciera a las mujeres la información, el control y el apoyo que tan desesperadamente necesitábamos.

Dado que operábamos fuera de la ley y, de hecho, fuera de los límites del comportamiento aceptado, éramos libres de basar nuestro servicio en nuestros propios valores y en la necesidad que estábamos cubriendo. De nuestras propias experiencias con la profesión médica sabíamos que la diferencia entre una buena experiencia y una mala residía en la cantidad de información y control que teníamos, y en el respeto que recibíamos. Creíamos en el derecho de cada mujer a la autodeterminación. Tratábamos a las mujeres que atendíamos de la forma en que queríamos ser tratadas nosotras. Con estos valores como cimientos, nos focalizábamos en lo que teníamos en común como mujeres, sin ignorar las diferencias en formación, experiencia y personalidad. Tomar control del proceso de aborto nos había dado un sentido de nuestro propio poder en el mundo. Hacíamos lo que podíamos para asegurar que cada mujer que veíamos se fuera con el mismo sentido de control, con una sensación positiva sobre la experiencia, un sentimiento de que esta experiencia le pertenecía a ella. Queríamos que todas las mujeres se fueran con un mayor sentido de sí mismas, y con el poder de sus decisiones. Tratábamos de crear una oportunidad para que las mujeres recuperaran sus cuerpos y para que, al hacerlo, recuperaran sus vidas.

Las mujeres que se acercaban a nosotras eran incluidas en la experiencia todo lo posible. En lugar de ser atendidas pasivamente, ellas actuaban junto a las miembras de Jane. Era imperativo que cada mujer que llegaba entendiera que la seguridad de Jane estaba en sus manos, del mismo modo que su propia seguridad estaba en las nuestras. Desde el primer contacto con el servicio, a las mujeres se les decía: “Esto te convierte en cómplice. Nosotras no te hacemos esto a vos, sino con vos.” Creíamos que la información era poder, así que compartíamos todo lo que sabíamos, y no escondíamos nada. Se suponía que las mujeres participarían, y las alentábamos a ayudarse unas a otras. Cualquier mujer podía hacer lo que estábamos haciendo y, de hecho, lo hacía. Muchas de las mujeres de Jane se unieron al grupo después de hacerse abortos con Jane.

Sin embargo, en muchos sentidos, los valores que con tanto esfuerzo tratábamos de comunicar a las mujeres que llegaban a nosotras estaban ausentes en nuestros propios tratos internos. Bajo la forma de una “democracia sin líderes”, un puñado de mujeres controlaba el grupo. La ilegalidad creaba presiones reales; operábamos sobre la base de información compartida sólo en caso de ser necesaria. Cada una de nosotras sabía lo que nuestro trabajo requería que supiéramos y no más, por lo que cuanto más trabajo realizaba una miembra, más sabía. Como operábamos ostensiblemente como una colectiva, no había una estructura formal establecida. Más que como jerarquía, el poder devenía a través de una serie de círculos concéntricos, con el círculo externo compuesto por miembras de servicio cuyo involucramiento era tangencial. Círculos más pequeños llevaban al círculo interno: las mujeres que tenían toda la información porque tenían mayor involucramiento, que podían tomar y de hecho tomaban las decisiones más importantes. Estas mujeres a menudo se reunían informalmente, tomando café a la tarde, para atender las tareas del grupo. Las decisiones eran presentadas al grupo como hechos consumados. Había chistes sobre el “gabinete de la cocina” que se reunía separadamente, en la cocina, para planificar las reuniones. Cuando se presentaban conflictos de poder y toma de decisiones, la respuesta era siempre la misma, “No tenemos tiempo para estas cosas. Tenemos cientos de mujeres esperando. Sus vidas están en peligro.” Ese hecho nunca podía negarse. Si bien existían las inevitables y desleales alianzas y luchas de poder, y la clásica incapacidad de confrontar unas con otras directamente, lo fundamental era siempre el trabajo. Y el trabajo en sí era tan absorbente y de nunca acabar que muchas de nosotras nos contentábamos con dejar las cosas como estaban – con tal de que el trabajo se realizara.

Al tomar las herramientas del aborto –curetas, forceps, dilatadores– en nuestras propias manos, habíamos efectivamente desmitificado la práctica médica. Los médicos ya no serían como dioses, sino profesionales experimentados, como nosotras. Pero ese acto de autoconfianza nos dejó vulnerables. Aunque un D y C es un procedimiento quirúrgico bastante simple, siempre existen riesgos, como con cualquier cirugía. A diferencia de los profesionales médicos, estábamos operando sin aprobación social. Nadie nos había dado permiso. En el caso de un problema serio, sabíamos que ninguna institución nos protegería. Además de romper la ley, estábamos rompiendo un tabú sumamente potente, y eventualmente sufriríamos las consecuencias.

Éramos mujeres comunes, viviendo en tiempos extraordinarios, que tomamos la oportunidad para actuar y, a pesar de todas nuestras fallas, logramos algo extraordinario. La necesidad de nuestro servicio, que creció rápidamente a medida de que se hizo conocido, nos empujó a ser lo más competentes posible. Una mujer llegaba a nosotras con un problema –estaba embarazada y no quería estarlo- y, cuando se iba, ese problema estaba resuelto. Esa experiencia diaria del éxito nos dio un sentimiento de poder y satisfacción increíble. Y el trabajo en sí era tan vital.

A través de estas experiencias tangibles, aprendimos la verdad real de algunas ideas básicas. Aprendimos que la gente común puede hacer que sucedan cosas; que individuos trabajando juntos pueden lograr una diferencia. Aprendimos que nadie tiene que esperar a obtener permiso para actuar, y que tampoco es necesario esperar hasta que el proyecto haya sido perfeccionado, o hasta que el proceso sea completado. Aprendimos que si algo debe ser hecho y puede ser hecho, entonces podés hacerlo, entenderlo, parte por parte. Cuando Jane comenzó, no había un gran plan; no teníamos idea de qué dirección tomaríamos. Cada paso nos llevó más allá de lo que pensábamos que éramos capaces de hacer, y al próximo paso. Queríamos que cada mujer que veíamos tuviera la oportunidad de, a través de sus decisiones, elegirse a sí misma y a su vida. Con Jane, aprendimos a elegir la nuestra.

* Publicado en Marlene Gerber Fried (comp.), From Abortion to Reproductive Freedom: Transforming a Movement, South End Press Collective, 1990, pág. 93. Traducción al castellano: Gabriela Adelstein, Buenos Aires, 2013.

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