Este es un ejercicio de captura narrativa del impacto simbólico que produjo en mí la voz testimonial de Lucila Puyol Garategui durante uno de los juicios contra los genocidas del terrorismo de estado, en clave de lengua testigo. Un decir urdido por la experiencia de opresión que expone con feroz evidencia la imbricación ético-política de la lengua. Acusando el poder de la anfitriona para producir a la extranjera de la ley que nombra, manda y asesina.
Existe una peculiar tensión entre un viejo sistema de ideas que ha perdido su energía pero que se apoya en la fuerza acumulada de la costumbre, la tradición, el dinero y las instituciones, y un naciente conjunto de ideas que está lleno de energía pero es todavía un torbellino, descentralizado, anárquico, constantemente bajo ataque, que sin embargo se expresa poderosamente a través de la acción. En nuestro siglo, varias ideas viejas cohabitan el enclave de su status privilegiado: la superioridad de los pueblos europeos y cristianos; el derecho de la fuerza como superior al derecho de relación; lo abstracto como modo más desarrollado o "civilizado" que lo concreto y particular; la adscripción de un valor humano intrínseco más alto a los hombres que a las mujeres.
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