Dado
que se conmemora el cumpleaños de Eva Perón, aporto a RIMA
web un artículo que, en 1986, me pidió Félix Luna para
formar parte de los fascículos que integraban una colección
de Historia Argentina, dirigida por él en HYSPAMERICA. Se trataba
de una reflexión acerca de la muerte de Evita. Félix Luna
no podía suponer qué sería lo que yo escribiría
puesto que no tenía ninguna relación amical conmigo.
En cuanto al texto, aquello que actualmente puede parecer una reiteración, en aquel momento no lo era; creo que colabora en la evaluación del pulso político emocional de aquellos años.
Eva Giberti
Aunque esperada,la noticia de su muerte, emitida desde el poder oficial, produjo hondo estupor en su pueblo: "Eva Perón acaba de entrar en la inmortalidad". Era un lenguaje que interponía la inmortalidad entre Evita y ellos. "Los hombres y las mujeres a los que les hicieron el dolor y la miseria" salieron a la calle para comprobar lo increíble: estaba en silencio la voz enardecida que los defendiera. Ese fue el trauma, verla así, callada, distinta de aquella Evita con quien intercambiaban dones y gratitudes.
Lloraban delante del féretro inaugurando el duelo popular, diferente del duelo oficial que pretendía alejarla en la inmortalidad (y que incrustó al país en lutos obligatorios). Su pueblo tenía necesidad de una Evita cercana y presente que sostuviera la gesta que había iniciado junto con ellos; una Evita que los había fundado como grupo de desposeídos, olvidados y reclamantes. Una Evita gritando desde su propia historia de sometimientos como mujer, nacida para ser inferior al varón según el mandato masculino al que se había opuesto desde una pasión que exigió y obtuvo los derechos cívicos para todas las mujeres.
Ese pueblo que levantaba altares y encendía hogueras en las calles, impuso su pensamiento mítico y popular: el que se apoya en las anécdotas, en las decisiones del líder, el que articula realidad y leyenda produciendo un modo de conocimiento que enriquece la historia. Fueron ellos quienes registraron la dimensión exacta de esa muerte, que no era la de un cuerpo vencido sino la de un hecho social.
Silenciada la voz transgresora de Evita, los humildes volverían al "balbuceo de los oprimidos". Unidos en el dolor se hermanaban en la fidelidad hacia ella rescatándola de la muerte y erigiéndola como bandera: de este modo ese pueblo comenzó a elaborar su duelo, encontrando un origen comn en la figura que sintieron los representaba y a la que reforzaron como mito.
Por su parte, los antiperonistas sólo pudieron incrementar su odio solitario, individual, y advertir que su nombre podría sobrevivir peligrosamente. Desde otra perspectiva algun@s de l@s que crecimos en el antiperonismo recalcitrante logramos, mediante la reflexión, quedar en paz con esta mujer sin necesidad de juzgarla. Pudimos llevar a nuestros hij@s a ver las películas que la rememoran y observamos como much@s jóvenes lloran ante el dolor de aquella gente que la amó sin poder cuestionarla. Coincidencia entre quienes perdieron a Evita y estas generaciones que, sin haberla conocido, eligen respetarla aunque no militen en su nombre ni porten sus banderas.
Eva Perón
ha muerto, pero ya no pertenece exclusivamente a ese pueblo en procesión
que la lloraba. Ahora, rescatada por el mito y por la historia, desafía
otra vez, promoviendo desacuerdos y coincidencias. El duelo ha terminado.
Ha terminado porque quienes la amaron, la odiaron, la ignoraron, han debido
incorporarla en sus recuerdos, es decir, convertirla en memoria.
Eva Giberti
(Las frases encomilladas pertenecen a "Eva Perón en la Hoguera", el poema de Leónidas Lamborghini.)
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