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Gabriela De Cicco (1965)
Poemas
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Inéditos
Estoy harta de las palabras
que se astillan en mi lengua
antes de salir
Hastiada del silencio impuesto
por el miedo
Estoy cansada de la invisibilidad,
y aún así no quiero llamar la atención
ni pasar tan desapercibida
Quiero girar sobre tu grupa
y que seamos, como antes, ríos salvajes
Quisiera poder nombrar, otra vez,
las palabras a las que desnudé de sus pudores
No fui
la primera, soy simplemente
la heredera
de las que abrieron surcos
para la siembra fecunda
Harta se escribe con H de humanidad
con muda letra de horror y holocausto
Harta es una palabra que aprendí
con la desesperación de mi paciencia:
cuando la hora
de la fuga
se me hizo, corazón adentro,
pura resistencia
Trato de sacar este panel de metal
que corta mis nervios
y me mantiene paralizada
Intento ser sincera con mi primera
persona para después dar paso
a las historias de otros corazones
No puedo, si no es así, ponerme al frente
de aquello que queremos que cambie
Debo sonsacarme quién me violó
a mí primero, antes de volver
a hacerlo con cada mujer que no deja
de ser una cruel y vacía estadística
en los diarios
Quiero en mi intento quebrar unas barreras
que son la misma muerte
disfrazada tan sólo
para confundirme
Vengo a reclamar mi sangre. Las palabras
que pienso usar de ahora en más la necesitan.
Aliento largo como ese vuelo que me llevó
a ver otras realidades, mezcla de ritos
y sueños amamantados con lecturas.
Mi sangre es un conjunto de aquello que puedo ser
sin esconderme. Todo lo que puedo dar
desde mi cabeza hasta mi sexo.
Ideas que fluyan y sirvan para dar sentido
a otras ideas con las que nos estábamos buscando.
Salmo de las posibilidades.
Salmo de las que queremos romper las cadenas.
De las que queremos tener con qué alimentarnos
y alimentar a quienes amamos.
La farmacia, mercantil, cierra sus puertas.
La fábrica, vaciada, cierra sus puertas.
y la “f” de nuestra fe se esfuma
con cada índice de mortalidad
que conocemos.
Cuando nos miramos en el espejo
en vez de ver oímos
un sordo resquebrajarse
de la materia
Podía oler el pus de tus heridas
Cómo supuraba tu corazón
de vieja madre encarcelada
en la estrecha cárcel de cuidar
a toda la familia
Pude oir el caer, gota a gota,
de la sangre de mi amada
Sus ojos se cruzaron con los míos
en la fría quietud del azogue hecho trizas
Y pude palpar en mi piel
cómo se abría allí donde alguna vez
la habían acariciado
Donde alguien supo depositar
sin interés, algo de amor
Y volvimos los ojos desesperados
hacia el espejo, intentando
recuperar esas imágenes de cada mañana
y no pudimos. Ya no había
mañana en esta república
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