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Gimen
las muertes venideras
en el continum de la vida.
El tembladeral
de un líquido exquisito
la cubrió de
un miedo sedoso.
Primitiva
lame
el aire oscuro
en busca
de una extraña diversión.
Mujer de tantas soledades,
podas tu árbol
con la brusquedad
de un mundo agitado
por tomar los espejos
de vidrio ciego.
Florece en tu pelo
la savia lechosa
que hace de la vida
una sed primitiva
en mi carne.
La criatura
vive en su piel, boqueando
la celosa infancia
que se derrama
en sus dedos humeantes.
El incienso se confunde
en tus ojos
con la voz de los objetos
que reclaman
no ser uno.
El gusto extinto
te vuelve cardo, noche
clavándose
en la piel.
Caza nocturna
Sonidos palpitando
el trasluz de un gemido
aprisionado.
La presa espera tumbada sobre el último deceso.
Los dedos se hunden
en el silencio, agua mansa
que arde
en el pedregullo de la noche.
La presa espera lamiéndose el recuerdo de la demora.
El ritmo de las palabras
ausentes
dibuja el espesor
del instante.
El perfume vulvar revela que la presa babea debajo de las manos.
El oficio de la pérdida
“Mañana
no es más que un espejo
esperándonos
para enfrentar
otro mordisco.”
El desamor
es un pequeño exilio.
Ya no hay pechos
donde cobijarse
ni fiebres
atando pieles
ni voces
donde acudir por las noches.
Un polvo gris
se desprende de los ojos
y el viento masculla
los perfiles que se agrietan.
Ensayo algunos destinos
en el exilio de la luna
y sólo aparece
la tragedia
descansando entre las sábanas.
Un borroso parentesco
montado en los hilos
de la historia,
anima al suicida fugitivo
de estos tiempos.
Y el hallazgo se convirtió en pérdida,
y el agua en piedra,
y la aguja en sangre,
y la palabra en traición,
y el viento en asfixia,
y la insolencia en descanso.
Parecemos confinados
a una agonía invisible.
Las camas que ayer habían albergado
trozos de amor, sueños y gemidos,
hoy, huelen a desinfectante.
Respiro la pena,
sentada
sobre el plato vacío
a la orilla de la historia...
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