Por Irene Ocampo*
No caben dudas
de que pensar en el Día del Orgullo remite a variadas imágenes
de personas más menos conocidas que aparecen en las calles, algunas vistiendo
atuendos llamativos, para “celebrar” el orgullo de ser diferentes,
reclamar un trato digno pese a esa diferencia, y también proporcionar
diversión a quienes adhieren a estos actos públicos. En nuestra
ciudad, el Acto lleva tres años celebrándose en la Plaza Pringles,
la más céntrica, y también la más fría para
este tipo de demostraciones.
Pensar este día sólo como un día de fiesta supone pasarla
bien e intentar no ver que en la esquina de la plaza el sistema político
y la ideología que reguló a gran parte de la humanidad durante
milenios puede seguir tan imperturbable como entonces.
¿Tiene algún otro sentido celebrar y festejar el Día del
orgullo? Creemos que sí lo tiene, tomando en cuenta que al hacerlo estamos
poniendo en tela de juicio valores hipócritas de una sociedad construida
sobre la base de que los deseos y las formas de sentir de una gran parte de
las/os humanas/os que vivimos en ella son iguales, y que ni siquiera tenemos
alguna posibilidad de pensarnos seriamente como sujetos totales de Derechos.
Y pensarnos como mujeres lesbianas celebrando el día del Orgullo, tiene
que ver con una gran intersección en la lucha de los movimientos reivindicatorios
del siglo XX, y en lo que va de este nuevo milenio: la lucha de las feministas
y la lucha de los gays y las lesbianas por la conquista de un mundo más
equitativo, más abarcador y más vivible para muchas más
personas. Una lucha que sin dudas comenzó pero que no tiene, por ahora,
horizontes de culminación.
Una celebración tan privada como pública
Si me preguntan cómo me gusta celebrar el Día del Orgullo, puedo
contestar sin titubeos que prefiero participar en un acto político-ideológico,
casi de barricada, sin oradores-vedettes, y con varias oradoras lesbianas, en
lo posible que más de una hable desde el feminismo lesbiano.
¿Y qué palabras me gustaría escuchar de las bocas de estas
oradoras?
Una de las principales denuncias es la ausencia de las lesbianas, o de mujeres
cuya preferencia sexo/afectiva la constituyen otras mujeres, en los programas
de las Secretarías de la Mujer de las reparticiones públicas,
o sindicales, lo que refuerza la idea de que las lesbianas somos la minoría
dentro de la minoría.
Esta denuncia está basada en el trabajo “Las lesbianas de América
Latina y el Derecho al Desarrollo” que Alejandra Sardá y Claudia
Hinojosa llevaron al Noveno Foro de la AWID que se celebró en Guadalajara,
México, en octubre del año pasado, y que habla de estos temas,
con fundamentos, y datos de muchas organizaciones lésbicas, gay-lésbicas,
y de mujeres de toda América Latina. Apunta fundamentalmente a inscribir
las reivindicaciones de las mujeres lesbianas dentro del Derecho al Desarrollo,
y este desarrollo, tiene en cuenta a los Derechos Humanos y también a
los Derechos Ecónomicos, sociales y culturales, que las Naciones Unidas
están auspiciando en los últimos años.
Recordar al público presente los aportes que las feministas lesbianas
le hicieron al pensamiento crítico del movimiento feminista, y luego
al de mujeres. Desde las presencias públicas “escandalosas”
en las Cumbres Mundiales hasta las más silenciosas, y no menos influyentes,
aportes en las actividades humanas de todo tipo y del día a día.
Me gustaría a mí que se recuerde, por ejemplo, un texto que rescata
la presencia pública de las lesbianas en México escrito por Claudia
Hinojosa, y que rinde un homenaje a quienes permitieron con su participación
y su activismo que otras mujeres y otras generaciones, incluso de otros países,
puedan ahora leerse en castellano y encontrarse en las palabras y en imágenes
mucho más positivas que las que teníamos de las ‘desviadas’,
y otra gran lista de palabras descalificadoras, de unas décadas atrás.
Sería muy importante tal vez para el público asistente a este
acto, escuchar las realidades que vivimos las mujeres lesbianas, los derechos
a los que no tenemos acceso en esta América Latina. Y aunque las argentinas,
como dijera Diana Bellessi, hemos creído ser las más “cultas”,
y yo agregaría las menos discriminadas, de América Latina, y como
muchas intelectuales se resistieron a la revisión feminista por temor
a que pensarse desde allí las llevara a un margen del que lucharon duramente
por salir, las lesbianas no quisieron pensarse como tales y esta auto-discriminación
nos llevó a permanecer invisibles, fuera del campo del incipiente movimiento
por los Derechos Civiles de los grupos homosexuales. A esto hay que agregar
la aparición de los activistas travestis, quienes ocuparon un lugar público
y una palabra de “mujeres”, que no es el de las mujeres lesbianas.
Para completar este panorama de nuestra-muy-poca-presencia en el activismo gay-lésbico
local, se debe mencionar la falta de articulación entre los diferentes
grupos de mujeres feministas, y de lesbianas feministas. Aquellas quejas de
Ilse Fuskova respecto de la discriminación que las feministas más
involucradas en la política partidaria le brindaron a las lesbianas que
manifestaron el 8 de marzo en el acto público en Argentina en 1988, cuando
aparecieron con el cartel de “Cuadernos de Existencia lesbiana”,
continúa teniendo hoy en día otras continuidades, otros nombres,
y otros por que.
Lo que sí es claro es que esta falta de un espacio de diálogo
es percibido y sufrido por miles de mujeres lesbianas en nuestro país,
con un mayor efecto en las que viven en ciudades alejadas de Buenos Aires, ciudad
autónoma hoy más que nunca gracias a la ley de parejas homosexuales
sancionada por la Legislatura en mayo pasado.
En el rescate, por las utopías
“No cesa/ de nombrarse lo que no es en la palabra,// nube por ejemplo,
un segundo antes/ que la muerte abata, no es, no, pero es,/ en la extraña
paradoja que me da el ser// lo que soy, humana en medio del mundo/ que me roza
y donde soy, con el pie/ afuera.” dice en su reciente libro “La
edad dorada” Diana Bellessi, otra mujer, poeta argentina en este caso,
que les dio la palabra a quienes estaban y se sentían en el mundo “con
el pie afuera”, hasta que leyeron su libro “Eroica” y desde
1988, saben que ya no están ni estamos tan solas.
Nombrarnos a nosotras mismas, recordarnos, encontrarnos, más allá
de la multiplicidad de filiaciones e ideologías, ya que volvieron porque
no estaban muertas, es necesario, tanto como festejar y celebrar el día
del orgullo.
Pensar que tal vez todos los días, o todas las semanas, podemos pasar
por la Plaza, y podemos caminar por esas veredas, de otra manera, sabiendo que
el trabajo de reconocernos mujeres que amamos y vivimos con otras mujeres es
una parte importante de nuestras vidas.
Y recordar a quienes hasta hace poco estuvieron con nosotras, desde la palabra,
la idea feminista, y que nos dejaron su pensamiento escrito y su fuerza y tozudez
enormes, para que nosotras seamos más ricas y fuertes, porque ellas están
en nuestra historia más reciente. Este es el homenaje para Safina Newbery,
quien falleció el 8 de junio, y quien pensaba allá por 1990 en
las relaciones de poder entre el lesbianismo y el feminismo, y que en la revista
Feminaria Nš 5 pedía: “El feminismo para no morir tiene que luchar
por la unión entre todas las mujeres sin distinción alguna. Y
esta unión creará lazos de solidaridad entre nosotras.”
Para que con solidaridad, y más allá del orgullo, las mujeres
lesbianas, feministas lesbianas, y femininistas, construyamos un futuro cercano
democrático, y plural.
* Irene Ocampo es periodista, y coordinadoa de RIMA - Red Informativa de Mujeres
de Argentina.
©2003
RIMA: Red Informativa de Mujeres de Argentina.
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