Adelina
24 de Julio de 2010 por gabrielaa.
La conozco hace cincuenta años. Es la prueba de que los cuentos tradicionales no son una fantasía, son la constatación de hechos. No conozco a ninguna Caperucita Roja –por ahora-, pero Adelina es, sin lugar a dudas, esa princesa que para deshacer un maleficio tuvo que gastarse unos zapatos con suela de acero. Adelina lo hizo, no le quedó otra, o quizá sí, vaya una a saber si elegimos el destino o se nos impone…
Adelina se quedó sin padre a los catorce. Cuando la mayor pena de sus amigas era no conocer a Rock Hudson, ella ya sabía lo que era no seguir recibiendo el amor y la guía de un padre culto, inteligente y afectuoso.
A los diecinueve se casó con Gustavo, un buen mozo que rápidamente la hizo madre. Andrea apenas caminaba cuando Adelina volvió de la clínica con Carolina recién nacida en brazos. Lo primero que vio después de trasponer el umbral fue la valija de Gustavo, que decidió “rehacer su vida” en otro lugar –y con otra mujer, claro.
Trabajar no era una novedad. Ella venía haciéndolo antes de recibirse de maestra. En las vacaciones trabajaba en una juguetería mientras sus amigas tomábamos sol en la costa de San Isidro preparándonos para seguir haciéndolo en Villa Gesell.
Con dos hijitas a mantener Adelina ingresó en la docencia. La mayoría de sus compañeras habíamos obtenido el título de maestras más bien por seguir en nuestra escuela o por un entusiasmo adolescente, pero en ella era –y es- una vocación auténtica.
Fue maestra en escuelas “difíciles”, como corresponde a quien se inicia en la docencia. En vez de quejarse, se arremangó y asumió el compromiso de dar lo mejor de sí para promover al alumnado con menos oportunidades. Con el correr de los años, al reencontrarse con sus ex, comprobó que su tarea fue fructífera: varones y mujeres adultos le agradecían su labor.
Las niñas estaban creciendo, el trabajo era absorbente pero había un hueco: ¿y el amor? Cuando se lo preguntó, abrió los ojos y allí estaba Julián. Muy buen mozo también, pero cálido, culto, reposado y dispuesto a asumir una familia.
Fueron más que felices, fueron felicísimos. Julián fue el padre de Andrea y Carolina tanto como de Julián hijo, que de inmediato se convirtió en el consentido de sus hermanas. Eran una familia diferente, pero tan armónica que costaba creer. Julián trabajaba como locutor de Canal 13 en el turno noche, Adelina era maestra de turno mañana. Julián hacía el desayuno del trío y mientras peinaba pacientemente a Carolina, revisaba el cuaderno de Andrea y planeaba el campamento del verano.
Pasaron los años y parecía que ya no había amenaza sobre la felicidad: ambos habían obtenido sus respectivos divorcios, se habían casado, habían logrado comprar una casa, la niñería tenía una pubertad bastante tranquila –mérito de ambos, que supieron guiarlos con paciencia y sabiduría-, allí, en ese momento cayó el peor de los rayos: Julián tuvo un accidente cerebro vascular.
Por fortuna Adelina reconoció los síntomas y lo atendieron a tiempo. No murió, pero le quedaron secuelas. Y comenzó un tiempo de trámites, tratamientos y cuidados… La familia feliz se transformó en una familia enfermeril, procurando el bienestar del enfermo.
Cuando Julián murió, Adelina –una vez más- tuvo que tragarse el dolor y seguir adelante: trabajando para sostener a su familia. A su trabajo de maestra había agregado una agencia de lotería en lo más “cheto” de los nuevos ricos de San Isidro. Sus clientes de La Horqueta que apostaban al Prode o a lo que fuere no imaginaban que la amable señora que tomaba sus apuestas se retorcía de dolor y preocupación por cómo pagar el crédito de su casa y dar educación a su prole.
Fueron años de trabajo y más trabajo. Andrea comenzó a trabajar –exitosamente- en administración; Carolina se financió sus estudios con trabajo; Julián se recibió como técnico electrónico sin abandonar su banda de música. Adelina avanzó de directora suplente a directora de una de las escuelas más conflictivas de San Fernando.
Ya se sabe que la docencia conlleva tres meses de vacaciones. También es sabido que se gana poco porque “total, por cuatro horas que trabajan”… Por eso, en enero Adelina estaba en Mar del Plata, en casa de Ana María, su amiga de la infancia. Pero también estaba Ángel, un artesano del cuero, también muy zarandeado por la vida. Se conocieron, hablaron dos minutos y ya no se separaron.
Adelina y Ángel se casaron hace unos meses, después de tantos inconvenientes burocráticos que hubieran desanimado al más valiente. Desde que se conocieron no se han separado ni un momento. Viajan por todo el país, de fiesta en fiesta, donde Ángel vende sus artesanías y Adelina disfruta del contacto con las personas y el clima de fiesta. Puede hacerlo como directora de escuela jubilada. Se lo merecen, son tan felices que no hay quien pudiera envidiarlos, sólo rogar al destino algo semejante.
Adelina se lo merece, es la princesa que después de gastarse las suelas de acero ha encontrado la calma, la felicidad, el reposo. Sus nietos andan muy ufanos porque sus compañeritos de escuela los distinguen: ¡a ver si alguien falta a la escuela porque se casa la abuela!
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