Filipina
13 de Julio de 2010 por gabrielaa.
Nació a mediados del siglo XIX en Polonia, o sea, en ninguna parte, como Ubú Rey según Jarry. Las hadas la dotaron de belleza y talento, sus padres de título nobiliario y educación esmerada. A los diecisiete años se enamoró de un maestro plebeyo y se fugó de su casa. Su familia la repudió, su marido le dio amor. A los veinte años quedó viuda por obra y gracia de la tuberculosis y los malos sueldos docentes y la leyenda la vio blanca en canas al levantarse de al lado del féretro de su amor. Estaba sola –aunque con una hijita- en un mundo no muy amable. No retrocedería.
Apretó los dientes, se encomendó a las hadas madrinas y comenzó a hacer negocios. Primero fue un pequeño almacén, luego algún arriendo de campo y finalmente una chacra. Mascullando en polaco y haciendo cuentas en alemán fue la primera productora de quesos suizos en Polonia. Sus bellísimos ojos negros controlaban los negocios, su sereno perfil de camafeo absorbía la vida y su futuro.
Su hija fue creciendo, menos bella pero igualmente trabajadora. Había llegado el momento de volver a pensar en el amor. Diez hermanos de una familia poco recomendable: revolucionarios, anticlericales (¡en la catolicísima Polonia!), dados a la filosofía y la investigación. Eligió al mayor como marido, dedicado a los libros y la política, mientras ella y la hija se encargaban del resto, incluido el nuevo vástago.
Las hadas pensaron que habían exagerado con sus dones, que en el mundo humano los varones hacían y las mujeres obedecían, pero ya era tarde: ella estaba viviendo su vida tal como le parecía, estaba creando sus propias leyes, estaba espantando a toda la sociedad. Y eso le daba mucha risa.
Vivió lo suficiente como para ver a su hija divorciada y sin querer criar a los hijos, no llegó a ver a sus nietas convertidas en guerrilleras de la Resistencia –pero las habrá intuido- y es bien posible que haya imaginado una bisnieta que escribiría algo de su historia.
Tags: mujeres
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