La Hermana Ana María

30 de Agosto de 2010 por gabrielaa.

Bárbara Gill, Columnas

Creo que nunca la vi caminar, su figura redondita rodaba a toda velocidad por la galería del colegio Santa María. No creo que alguna vez se haya sentado ante su escritorio de directora, por eso recibíamos los boletines de calificaciones en las fechas más inverosímiles. Tampoco sabíamos cómo se sabía nuestras notas y frenando su carrera nos preguntaba por qué andábamos más flojas en matemática o mejorábamos geografía. ¡Y lo hacía con todas las quinientas alumnas de primaria y secundaria!

Ana María Rivarola era una “niña bien” paraguaya que mandó al cuerno a la familia y a las convenciones sociales y se metió a monja, pero a monja de la Caridad, con almidonadísimo bonete y todo. No tengo idea de cómo vino a dar a San Isidro, pero sólo por ser como era –loca, loca de remate- mi madre se decidió a inscribirme en ese colegio. Y la Hermana Ana María dejó una gran huella en mí.

-La que me conteste esta pregunta se lleva un 11 en Religión. Así, si saca un nueve, tiene un 10 en el boletín.

Juro que mi padre firmó un boletín con un 10,50 en Religión.

De todos modos, sus clases jamás referían al Antiguo o al Nuevo Testamento, por lo menos no textualmente.

-Nunca le manden una carta al muchachito, porque mañana o pasado ya están con otro y entonces… ¡entonces el otro le muestra la carta y ustedes quedan fatal! (Tranquila, Hermana, jamás le mandé una carta a ninguno de mis muchachitos, ¡y lo bien que hice!)

-Cuando andan por la calle con el uniforme son “el Santa María”, por eso no fumen o anden abrazadas con el muchachito, son el colegio. Sáquense el uniforme y después hagan lo que quieran. (¡Y lo decía en el ’61 ó ’62!)

Por supuesto que el colegio era un caos, un maravilloso caos que disfrutábamos actuando en obras de teatro delirantes como “La guerra de las pelucas” (dirigidas por la Hermana Ana María, obvio). Presumo que alguna “autoridad” se habrá enterado del caos y la heterodoxia y fue por eso que en una mañana de ¿1961? la Hermana Ana María tuvo que irse del Santa María. La despedimos con una doble fila de alumnas aplaudiendo a rabiar y gritando como posesas. Ella sólo nos saludaba con la manito hasta treparse al gran auto negro que la llevaría vaya una a saber dónde. El caso es que recaló en su Asunción natal.

La escuela ya no fue la misma: la nueva Superiora, la Hermana Clara Buelens, era lo más opuesto a nuestra amada Ana María: fría, distante, pálida, ordenada… ¡Cómo la odiamos! Tanto que le amputaron una pierna, pero no por diabética –claro que no- sino por severa, incomprensiva, inhumana…

Durante la gestión de la Hermana Ana María se recibieron una cantidad de maravillosas maestras que luego fueron profesionales destacadísimas. Nosotras, las pobres “abandonadas” tuvimos que esperar el fin del Concilio, la llegada de otra Hermana Ana María para ver monjas vestidas por Ives Saint Laureant (sic, porque les cambió el hábito), tener clases de educación sexual (sic, en el ’65) y dar prácticas de clase con maquillaje (maquillaje que supervisaba la misma Directora y aconsejaba algún tono de sombra). Pero todas –toditas y todas- sabíamos que habíamos sido educadas, formadas, por la Hermana Ana María Rivarola.

Con el correr de los años me encontré con muchas ex alumnas de mi queridísimo colegio y no hubo una que no recordara con infinito amor, con infinita gratitud a la Hermana Ana María. Y creo que todas nunca escribimos una carta a algún muchachito.

La Hermana Ana María Rivarola fundó colegios en Asunción, trabajó como ella sabía hacerlo y murió allí a edad bien avanzada “en olor de santidad”. Habrá quien lo dude, yo no.

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