Martha

27 de Julio de 2010 por gabrielaa.

Bárbara Gill, Columnas

Argerich, desde luego. Lo más cerca que la tuve fue en un vinilo “Muza”, en los ’60, cuando sedujo a todos los polacos y les demostró que Chopin escribió todas sus partituras para ella. Era imposible que no sucediera. Martha no ha dejado de seducir, así sean auditorios, cámaras o lo que fuere. Sacude la melena, mira desde abajo y apenas sonríe y no hay quien se resista. Luego es posible que se encorve sobre el piano –si le da la gana- y completa la captura de la presa.

Verla tocar, deslizar apenas los dedos sobre el teclado es una experiencia mística. Y ella lo sabe, lo sabe desde la más remota infancia. Lo supo quizá antes de nacer, confirmándolo la primera vez que la sentaron ante un piano.

Martha es una hechicera consciente. Mi buen amigo Luis jamás pudo olvidarla a pesar de los zarandeos de su vida. Estoy segura de que exhalando el último aire la habrá nombrado a ella, la novia de la adolescencia, a la que volvió a ver tantas veces y con la que bebió tantos gin tonic.

Martha se dio el gusto de suspender un concierto cuando tenía ¿dieciséis, diecinueve? Había ganado un premio –y no el primero- y quería ver qué pasaba, hasta dónde una diva podía ser inimputable, cuánto se le podía perdonar. Por las dudas se cortó un dedo, pero después de avisar que no podría tocar. Se rió a carcajadas festejando su consagración como diva única, con todas las mayúsculas.

Pasó mucho tiempo y muchos conciertos que no fueron. Martha tiene sus motivos para tocar o no hacerlo. Ama un par de conciertos de Beethoven, pero no los demás. Se divierte torturando a un buen violinista bisoño –que gracias a ella saltará a la fama-, pero nunca tocó con los consagrados. Habla a la perfección cuatro idiomas, pero en cuanto tiene oportunidad vuelve a ser una porteña cuasi arrabalera, a pesar de que en Buenos Aires es apenas una visita.

Martha es así, no le pidamos nada, cuando tenga ganas nos dará mucho más.

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