Mirta

7 de Diciembre de 2010 por gabrielaa.

Bárbara Gill, Columnas

Su papá había sido boxeador, pero cuando se mudaron al barrio ya sólo se lo pasaba sentado en la vereda, quizá rememorando alguna gloria pasada o alguna gloria que no había podido ser. La mamá “atendía” al papá mucho más que a Mirta y Miriam, las dos chicas bastante mal miradas, vaya una a saber por qué, pero así fue desde el comienzo. Y ellas sufrían, seguro que sufrían, pero no tenían a quién decírselo.

No tengo idea de cómo conocieron a sus novios-mecánicos de la Aeronáutica. Se casaron, se mudaron, tuvieron hijos. En el barrio casi nos olvidamos de ellas hasta que Mirta volvió: con madre, la “parejita” de hijos y un marido hecho polvo. Gracias al presidente que evitamos nombrar, la Aeronáutica ya no tenía aviones para arreglar y el Rúben se quedó sin trabajo.

Mirta había adelgazado hasta lo irreconocible, los nervios le habían comido toda la grasa sobrante. El Rúben no tuvo más remedio que yugarla de remisero. Fernando y Mariela terminaron el secundario y trataron de estudiar, pero como había que trabajar…

Mirta trabajó un par de años como portera de una escuela privada, le encantaba rajar a todo lo que da en su bicicleta para llegar a horario. Pero tuvo que renunciar: una madre con Alzheimer no puede quedarse sola.

Hoy Mirta no sale más que hasta “los chinos” (a una cuadra de la casa), se intoxica de tele y tiembla “por la seguridad”. Cualquier diálogo en la vereda comienza y termina con el miedo que tiene y no hay Cristo que la saque del tema y del miedo.

Mirta y su familia son víctimas de los 90, víctimas de las privatizaciones, de la libertad de mercado, de la traición a la patria. Vidas quebradas, posibilidades que no pudieron ser.

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