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Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos,
de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos,
de sus amores y desamores.
Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de
las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron,
o dejaron de hacerlo, y del momento aquel, el único
en que se es diosa.
Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial,
lo cotidiano, la suma de lo callado.
Una mujer es siempre la historia de muchos hombres.
Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la
historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer
que fue alimentada por la anterior para que ella naciera:
una mujer es la historia de su sangre.
Pero también es la historia de una conciencia y de
sus luchas interiores. También una mujer es la historia
de su utopía.
Marcela Serrano: “Antigua Vida Mía”, Alfaguara,
1995.
MARZOS REVOLUCIONARIOS
VARIOS ORÍGENES PARA UNA MISMA DEMANDA
por Rosana Rodríguez*
Desde hace 94 años, que cada 8 de marzo se conmemora
el Día Internacional de la Mujer. Mujeres trabajadoras,
aguerridas, obreras, anónimas, sindicalistas, idealistas,
sabias, artesanas, estudiantes, incansables, rebeldes, intrépidas,
obstinadas, impertinentes, enérgicas, protagonistas
fundamentales de una historia política y social iniciaron
un largo camino que comienza a organizarse desde la opresión
de clase, su condición sexual postergada y las múltiples
formas de opresión y violencia padecidas en razón
de su diferencia sexual, su voz se alza derrotando al silencio:
en defensa de la verdad de sus derechos.
La historia del 8 de marzo está cruzada por acontecimientos
y acciones que muestran un escenario complejo y vertiginoso
marcado por la Primera Guerra Mundial, la Revolución
Rusa, la lucha por el sufragio femenino, las pugnas entre
socialistas y sufragistas, y el creciente auge del sindicalismo
de mujeres durante las primeras décadas del siglo XX
en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.
La conmemoración del Día Internacional de la
Mujer es identificado generalmente con una gran huelga que
tuvo lugar en Nueva York en el año 1908. Protagonizada
por mujeres obreras textiles que tomaron la fábrica
en donde trabajaban exigiendo mejores condiciones laborales.
Lo que hizo de este hecho algo excepcional fue su trágica
culminación. El día 8 de marzo de 1908 éstas
murieron carbonizadas, encerradas por sus patrones en la fábrica
que ardía en llamas.
Pero a lo largo del tiempo, nuevas investigaciones realizadas
por historiadoras feministas, han motivado nuevas significaciones
y han encontrado otras causas que difieren de ese origen,
reconociendo un número considerable de sucesos que
involucran a mujeres luchadoras en la misma fecha aunque en
diferentes años.
Los acontecimientos históricos hacen referencia en
ese mismo año, en el mes de marzo, a una marcha realizada
por el sindicato de costureras de la compañía
textil de Lower East Side, de Nueva York, para demandar la
reducción de su jornada de trabajo a sólo 10
horas. En plena movilización una brutal represión
policial terminó con la vida de muchas mujeres trabajadoras
y dejó a otras miles gravemente heridas.
Según la historiadora canadiense René Côté,
no existen pruebas documentales que el incendio que mencionamos
anteriormente se produjera en 1908 en la ciudad de Nueva York.
Por otro lado existen registros de un siniestro de similares
consecuencias, en el que murieron muchas obreras, en marzo
de 1911.
Otro hecho que se considera relevante para considerar esta
fecha, es la gran marcha de obreras textiles realizada en
marzo de 1857, cuando tomaron las calles de Nueva York en
protesta por sus inhumanas condiciones de trabajo.
Fue también en marzo de 1867, que tuvo lugar la huelga
de las planchadoras de cuellos de la ciudad de Troy, en Nueva
York, pidiendo aumento de salario, la misma se extendió
por tres meses, pero a pesar de la intensidad de la lucha,
los reclamos de las mujeres no fueron escuchados. Por el contrario
tuvieron que volver al trabajo con salarios menores que los
de antes.
En los albores del siglo XX, los partidos socialistas de Europa
y Estados Unidos establecen un Women’s Day para promover
el derecho al voto y las reivindicaciones de los derechos
de las trabajadoras. Se celebró el 3 de marzo de 1908,
el primer Día de la Mujer y se realizó una movilización
que concluyó en el teatro Garrick de Chicago, por el
sufragio y contra la esclavitud sexual. Posteriormente el
partido Socialista neoyorquino fija el 28 de febrero como
Día nacional de la mujer, el que se conmemorará
hasta 1914.
En agosto de 1910, luego de la Conferencia Internacional de
Mujeres Socialistas, en Copenhague, Clara Zetkin y Kathy Duncker,
dirigentes alemanas, propondrán la celebración
del Día de la mujer en memoria de las víctimas
y como oportunidad para protestar contra la guerra, el hambre
y la pobreza en la que vivía la clase obrera en general,
y las mujeres en especial.
Un nuevo acontecimiento que se liga a esta fecha es lo sucedido
el 23 de febrero de 1917 en Rusia, en este país regía
el calendario juliano, que se corresponde al mes de marzo
del calendario gregoriano que se usaba en otras zonas. Fueron
las mujeres de San Petersburgo quienes comenzaron el proceso
que detonará en la Revolución Rusa. Millares
de mujeres se lanzaron a la huelga, salieron de las fábricas
junto a las amas de casa que sufrían el alza de los
precios. En esta manifestación Alexandra Kollontai
tendrá un papel decisivo. Sus reclamos de pan y paz
concluirán cuatro días más tarde con
la abdicación del Zar y con la conquista por el derecho
al voto otorgado por el nuevo Gobierno Provisional.
En América Latina y el Caribe, recién en la
década del 80 se extiende la conmemoración del
8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, fue
el movimiento de mujeres de la región el encargado
de instalar la fecha en la agenda pública. A partir
de la inauguración de la Década de la mujer
con la I Conferencia Mundial sobre la Mujer, realizada en
México en 1975. La Asamblea general de Naciones Unidas,
en 1977 hizo oficial la celebración del 8 de marzo
como Día de las Naciones Unidas para los derechos de
la mujer y la paz internacional.
En nuestro país, esta década estuvo marcada
por un clima de terror provocado por la más sangrienta
de las dictaduras militares, que dejó 30.000 desaparecidos
de los cuales el 30% fueron mujeres. La apertura democrática
permitió que en 1984 se conmemora por primera vez el
Día Internacional de la Mujer, las mujeres de partidos
políticos, sindicatos y diferentes organizaciones sociales
y feministas se convocaron en la Plaza de los Dos Congresos,
en la que reclamaron sus derechos. El proceso de institucionalización
de la problemática de la mujer estuvo influenciado
por los acuerdos internacionales, como la ratificación
de la “Convención para la Eliminación
de Toda Forma de Discriminación contra la Mujer”,
lo que generó la creación del Programa de Promoción
de la Mujer y la Familia y en 1987 la Subsecretaría
de la Mujer, marcando un hito en la historia de las mujeres
argentinas: Poder demandar y exigir al estado derechos ciudadanos
inherentes a nuestra condición de mujeres.
La fuerza simbólica de ese primer 8 de marzo en la
Argentina constituye un nudo donde confluyen el pasado de
resistencia a la dictadura y ese presente de 1983 en que el
movimiento se perfila como un colectivo múltiple y
heterogéneo, un interlocutor formado por miles de voces
de mujeres, voces diversas, en las que cada una constituye
su propia identidad discursiva, reclamando por sus derechos.
La instalación precaria del tema en el estado se vio
sometida a los avatares de una década de fuertes transformaciones
en las funciones del estado y de aumento de las desigualdades
sociales y la pobreza. Es esa singular condición actual:
visibilidad de las mujeres en el espacio publico, aumento
de la pobreza, exclusión y desigualdad, lo que hace
relevante recordar el contenido de lo que Ana Portugal llama
los marzos revolucionarios: marzos marcados por las luchas
de las mujeres trabajadoras, por la historia de sus utopías,
las de sus pueblos, las de sus razas.
Una mirada retrospectiva permite emerger nuestra verdadera
experiencia histórica con el fin de recuperar la fuerza
de aquellas mujeres excepcionales y anónimas que participaron
en la construcción de nuestro pasado, que han sido
olvidadas y enterradas como sujetos constituyentes del gran
proceso histórico y social, es en el reencuentro de
nuestras tradiciones de luchas junto a las experiencias actuales
que se podrá impulsar el acceso a una dimensión
imposible pero conquistable. Las voces de nuestras generaciones
pasadas de mujeres suenan todavía en la memoria de
las que siguen resistiendo y sumando para la construcción
de una utopía, que permite rescatar la instancia emancipadora
para articularla al presente, negándose a ser el “segundo
sexo”, resistiendo al destino marcado por la biología
con el objeto de redefinir nuestro lugar en la sociedad.
Queda mucho por que luchar. La discriminación y la
injusticia sigue siendo una constante, el trato desigual respecto
de los varones se traduce en desigualdad de oportunidades,
la pobreza, que afecta a todos, incide aún mas sobre
las mujeres, inevitables cuidadoras de los y las mas frágiles:
viejos y viejas, niños y niñas; la violencia
forma parte del horizonte de vida de muchas de nosotras. Ello,
sin olvidar, como dice Marcela Serrano, la historia de nuestras
sangres y nuestros vientres, de nuestros deseos y nuestros
cuerpos, de nuestro derecho decidir en libertad, en pocas
palabras: del derecho a ser las dueñas de nuestras
propias vidas.
* Rosana Rodríguez, estudiante de la carrera de Sociología
de la Universidad de Mendoza. Integrante de la Colectiva de
Mujeres Las Juanas y las otras.
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