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a Diana Staubli
Calor en las catacumbas porteñas
por Diana Staubli
Calor en las catacumbas porteñas.
De pie. Primero le escuche el “perdonen las molestias”
para después colárseme por el rabillo del ojo.
Saltarín de bermudas, figura grotesca, portador solo de un
brazo y pierna, destapó por su acento provinciano en principio
la risa de un despistado y casi la propia.
Un escalofrío me recorrió cuando pasó por mi
lado, rozándome las espaldas.
Cerré los ojos, como en aquella vez, cuando tenía
cinco años y descubrí a una persona mutilada.
Lo recuerdo por la vergüenza, por la culpa.
Doblaba una esquina de barrio en Olivos, tomada de la mano de mi
abuela y apareció él. Joven rubio sin brazo izquierdo,
con el muñón agresivo a la vista, en esa tarde calurosa
de verano en la calle de casas inglesas.
Me quedé paralizada un segundo para girar de inmediato y
abrazarme a la cintura de mi abuela. Creo que emití un grito,
horrorizada...
No bajó la vista para mirarme, aparentemente su faz no traslució
ningún sentimiento mientras mi abuela calmaba mi impresión.
En la infinita distancia su espalda sigue pareciéndome la
más erguida que he contemplado.
¿Qué le pasó por la mente?
Esa pregunta me persiguió durante años, imaginándome
la angustia provocada por la reacción desmesurada.
Los años lo habían sepultado hasta hoy, en donde los
mutilados transitan como pueden en donde pueden para sobrevivir
de la buena voluntad de los que están aún enteros.
Pero al igual que ayer, me volví a paralizar. No atiné
ni a meter mi mano en el bolsillo del saco para tomar una moneda.
No quería mirar. Quería que se fuera.
Pensé, en aquellos interminables segundos en que él
avanzaba a los saltos repartiendo “no sé que”
sobre las faldas de los usuarios del subte, en las palabras de Victoria,
mi amiga con cáncer de hígado. “me tocó
esta”... y su resolución a dar pelea.
Me tocó esta.¿Este joven como aquel se dirá
lo mismo? ¿ Sabrá que su figura, despierta vergüenzas?
Mi joven rubio de Olivos se perdió por la vereda arbolada
de tilos. Mis ojos se fueron detrás suyo para convencerme
de lo faltante.
“un accidente” susurró Doña Lucila. “accidente”...
la palabra repiqueteó en mi mente sin entender cabalmente
su significado.
Un accidente habrá sido para este otro joven que pide disculpas
por las molestias... ¿Sabrá el cual es exactamente
la molestia que ocasiona?
Molestia con la perennidad. Molestia con los accidentes.
Molestia con la miseria que te obliga a extender la mano y pedir
disculpas por las crisis que desata en su salto de rana por el estrecho
pasillo.
Cansan los mendigos a los transeúntes. Se convierten en parte
del paisaje cotidiano. La mujer y el bebe dopado en el pie de la
escalera mecánica. Los chicos repartiendo estampitas. La
embarazada intentando vender mini agendas.
Solo este cuerpo mutilado nos hace bajar los ojos. Solo este cuerpo
sacude y provoca la necesidad de palparse y meditar con él
“me tocó esta”.
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