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Jornada de Reflexión Lésbica de Rosario
26 de junio del 2004
sexualidades
Piedra libre
Están tan decididas a hacerse ver que
prefieren exagerar antes que pasar desapercibidas. Y así,
como “lesbianas exageradas”, se bautizaron en una
pancarta durante la marcha de la dignidad GLTTB –gay,
lésbica, travesti, transexual y bisexual– que en
Rosario se realiza, igual que en Estados Unidos, el 28 de junio.
Porque, dicen, ser visibles es existir. Lo contrario es violencia,
aunque sea por omisión.
Notas Relacionadas:
Fugitivas en el desierto
Dora y Rosario
Por Sonia Tessa
(diario Página 12, viernes 9 de julio 2004, Buenos Aires).-
Con el cartel “lesbianas exageradas” le pusieron palabras
a su resistencia. Son un grupo de mujeres que se proclaman en el
amor a otras mujeres. Prefieren exagerar antes que resignarse a
no existir en el silencio impuesto por una sociedad donde la sexualidad
natural es la heterosexual. Aunque también hay hombres homosexuales
que pelean por sus derechos. Ellos son cada vez más visibles.
¿Y ellas?, podría preguntarse cualquier persona desprevenida.
¿Dónde están las lesbianas? Tal es el silencio
que rodea a la comunidad lésbica, con escasas excepciones
de dirigentes bien visibles, “las lesbianas” oficiales
que se neutralizan en su excepcionalidad. En tanto el secreto genera
dudas sobre si existen efectivamente o son apenas una oferta en
el catálogo de las páginas pornográficas pensadas
para satisfacer la curiosidad y el deseo omnipresente de los varones.
En una sociedad que no concibe el placer sin falo –es común
la pregunta sobre cómo gozan las lesbianas–, una relación
sin hombres es lo impensable. Y allí están ellas,
colisteras de todo el país de la lista de correo electrónico
Safo Piensa, orgullosas activistas de su sexualidad diferente, conscientes
de su poder revulsivo, dispuestas a pelear por hacerse visibles
aunque les digan que se callen, que lo vivan en silencio, que no
es necesario enarbolarlo como bandera.
A Valeria Flores, de Neuquén, en la mayoría de las
entrevistas le preguntan cómo llegó a ser lesbiana.
“Yo les devuelvo la pregunta, y les cuestiono cómo
llegaron ellos a ser lo que son”, afirmó esta docente
de escuela primaria. La heterosexualidad obligatoria como construcción
social –lejos del destino natural que se pretende– fue
una categoría que acuñó la poeta y filósofa
feminista y lesbiana Adrienne Rich. “La heterosexualidad se
está reconstruyendo todo los días, en toda la publicidad,
en todas las parejas que van de la mano, todos los mensajes están
rodeados de heterosexualidad. En cambio, nosotras veníamos
abrazadas en la calle y se nos rieron en la cara”, apuntó
M., que reserva su identidad por temor a perder su empleo. “La
sexualidad es política, es mentira que pertenezca al ámbito
privado. Además, no hay nada más público que
la heterosexualidad. Cuando una mujer habla de su marido y sus hijos,
está reproduciendo el sistema de la heterosexualidad obligatoria,
y la existencia lesbiana es un cuestionamiento de esa construcción
social”, expresaron entre las dos, completando sus ideas una
con otra.
Ahora, el desafío pasa por la visibilidad. Ser visibles es
existir. “Las lesbianas sufrimos violencia por invisibilidad,
por omisión, por condena y por exclusión. Una de las
mayores violencias es la invisibilización”, afirmó
Flores, para distinguir ese silencio del insulto y la burla. “La
denigración es un lugar para apropiarse y relanzarlo con
un sentido revulsivo, con el orgullo. Pero el silencio te ubica
en el lugar de la no existencia”, insiste y describe ese mecanismo
como “una dictadura invisible” en la que “la opresión
no opera a través de actos de abierta prohibición,
sino encubiertamente, a través de la producción de
un dominio de lo impensable y de lo innombrable”. Para salir
del armario, es decir, para hacer pública su identidad sexual,
lo primero que tuvieron que hacer fue aceptarla. Un proceso permanente
para vencer la lesbofobia interna, sentimientos de rechazo y vergüenza
de sí mismas que sufren las lesbianas. “A mí
me llevó años entender que es mi propia vida y dejar
de odiarme, tratar de aceptarme, y dejar de escuchar las mentiras
que te hace creer la heterosexualidad obligatoria”, relató
M.
La visibilidad fue uno de los temas centrales del encuentro “Entre
Nosotras”, que el último sábado de junio juntó
en Rosario a lesbianas de muy diferentes partes del país,
como Neuquén, Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y Salta.
La idea era compartir reflexiones y arte, con un mate de por medio.
El encuentro se prolongó durante nueve horas, con lectura
de poesía y el canto de Andrea Fernández. Irene Ocampo
y Gabriela de Cicco, escritoras, periodistas y coordinadoras de
la lista Safo Piensa, que tiene 70 suscriptoras, organizaron el
encuentro para permitir un contacto real entre las que mantienen
una permanente relación virtual.
La jornada hizo honor a su nombre. “Fue un privilegio poder
estar”, sintetizaron las chicas de Neuquén. “La
pasamos bomba”, dijo una locuaz Gabriela Adelstein, llegada
desde Buenos Aires. “El encuentro de minas con diferentes
historias, de lugares donde pasan cosas muy diferentes, es muy potenciador.
Como dicen los yanquis, de un empowerment brutal –definió–.
Además, cada una hizo lo que sabe. Todas nos vamos con distintas
cargas que aportaron las compañeras. Es de un valor inconmensurable,
porque no se puede medir qué le pasa a la que no tiene militancia
ni producción pero madura algo adentro con lo que se habló.”
En eso, Adelstein enumeró que estuvieron las que tienen años
de lesbianas feministas y las que recién empiezan a transitar
ese camino. Otra Gabriela, Robledo, de Córdoba, agregó:
“Y las que están por terminar su vida de lesbianas”.
Fue un chiste, pero Yuderkys Espinosa no lo dejó pasar. “Quiénes
serán, porque no las veo. Yo no la termino hasta que me lleve
la parca”, dijo y las risas invadieron con fuerza una reunión
gozosa, que a la madrugada siguiente todavía mantenía
la excitación del encuentro.
La jornada se propuso como un espacio de producción. Y según
las asistentes, lo fue. Cuatro expositoras elaboraron previamente
sus ponencias, que permitieron el debate teórico y abrieron
la puerta para contar experiencias. La coordinadora fue Liliana
Daunes, que como buena periodista llevó una producción
radiofónica para compartir. Y, a la tarde, mientras circulaban
los sandwichitos y el mate, las que escriben leyeron sus poesías.
“Tuve como un momento de flash, de quiebre emocional. Me pasó
que estaba leyendo un poema que tenía que ver con Irene.
Y me di cuenta de que era la primera vez que hacía una lectura
de poesía frente a tantas lesbianas. Se hizo el reflejo,
quizá de esa lectora imaginaria que vos tenés, también
lesbiana, este par. Fue una sensación. Y lo más fuerte
fue escuchar el silencio”, relató De Cicco, que destila
una energía potente en cada frase. No se superpuso, pero
casi, Fabiana Tron: “En todos estos años que tengo
de activismo es la primera vez que me encuentro con producción
–aseveró-. El nivel de los trabajos fue muy bueno,
y eso es algo que nosotras, las lesbianas argentinas, no tenemos.
No tenemos producción propia, nos hemos pasado la vida haciendo
talleres de reflexión para adentro. Pero nos falta el trabajo
de escritura que contenga la voz de las lesbianas”.
La felicidad del encuentro también se debió al debate
que provocaron las ponencias. No es la primera vez que las chicas
se encuentran para reflexionar, pero sí es inaugural que
este espacio se genere en el interior del país. Hasta Rosario
llegó la dominicana Yuderkys Espinosa, residente en Buenos
Aires, una de las expositoras: “Quiero preguntarme en voz
alta cómo habiendo sido lesbianas las referentes fundamentales
en laproducción de los argumentos conceptuales y teóricos
que les han servido de sustentación a los movimientos socio-sexuales,
hayan sido los gays y las travestis quienes mayor usufructo han
obtenido de estas teorías”, leyó durante el
encuentro para preguntarse sobre este fenómeno de la puesta
en debate público sobre la homosexualidad, que las vuelve
a invisibilizar a ellas. “¿No será que la institución
de la heterosexualidad obligatoria, que fundamentalmente asegura
la dependencia de la mujer al varón, afecta específicamente,
y no más, a las mujeres? ¿No será que para
el heterocentrismo lo verdaderamente impensable por desestabilizador
es la ruptura que produce la lesbiana?”, lanzó para
el debate.
Durante el encuentro se compartieron las experiencias de Rosario,
con el activismo de las coordinadoras de Gabriela e Irene, y de
Neuquén, donde sólo dos mujeres, conscientes de que
si no lo hacían ellas no lo haría nadie, se lanzaron
a construir en el desierto. Para Gabriela Robledo, conocer esos
trabajos tuvo un valor precioso para su propia vida. “Fue
no sólo encontrarse con pares, casi por primera vez. También
me energizó mucho para poder transformar la situación
en Córdoba, donde no hay grupos, ni debate, ni intercambio.
Saber que ellas hacen tanto quiere decir que nosotras podemos hacerlo”,
reflexiona. Por eso, el Encuentro dejó como desafío
seguir construyendo esas experiencias para hacerse visibles, para
poner en circulación otras sexualidades posibles.
Fugitivas en el desierto
Por S.T.
Valeria Flores es docente de una escuela primaria de la ciudad de
Neuquén, la más grande de la Patagonia, con 200.000
habitantes. Cuando sus alumnos le preguntan si tiene novio o hijos,
no elude la respuesta. “Soy lesbiana”, contesta, consciente
de los riesgos que asume. No sólo eso. A principios de año
decidió completar la declaración de cargas familiares
poniendo a su compañera como concubina/pareja de hecho, tal
la categorización de la planilla. Enseguida recibió
una llamada desde el Consejo de Educación de Neuquén
para preguntarle si había un error. Les dijo que no. La lesbofobia
del empleado fue más allá. Le aseguró que el
sistema (informático) no aceptaría esa respuesta.
“Probá”, le contestó Valeria, imperturbable,
al menos en ese momento. Claro que al ingresar los datos, la computadora
no estalló. Valeria y M., que reserva su identidad por temor
a represalias, se declaran pioneras. “En la Patagonia no hay
nada sobre el tema lésbico”, afirmó M. La ponencia
que Valeria llevó a la jornada Entre Nosotras se llamó
“Fugitivas en el desierto”. Para ella, la heterosexualidad
obligatoria es una construcción social tanto como ese pretendido
desierto en el que habita. Ni lo uno ni lo otro son naturales, ya
que para ser un territorio despoblado, en la Patagonia debieron
someter y exterminar a los pueblos originarios. Fugitivas, porque
las lesbianas escapan de a una de esa institución, como lo
formuló otra lesbiana feminista, Monique Wittig.
Como sabían que nadie más que ellas iniciaría
el camino, comenzaron a editar una boletina: “La Sociedad
de las Extrañas”, nombre tomado de un texto de Virginia
Woolf. Allí vuelcan recursos sobre lesbianismo, desde páginas
web hasta la reproducción por entregas del texto “Mitos
sobre las lesbianas”, de Alejandra Sardá y Chela Amadío.
La publicación es modesta, una hoja A4 doblada por la mitad,
pero lo hicieron así porque sabían que podrían
sostenerlo. “No más lesbianas detrás de las
ventanas”, dice una de las tapas. De allí surgió
un grupo de reflexión lésbico, y una red informal
de contacto con lesbianas que les permitió pensar en una
encuesta para saber de quiénes hablaban cuando hablaban de
ellas.
Fue difícil, porque muchas de las mujeres consultadas en
varias localidades no quisieron responder, y argumentaron que su
sexualidad era “algo privado”. Hasta se enojaron por
la intromisión. Pudieron recuperar 61 encuestas, en las que
encontraron que la mayoría le da un alto valor a la visibilidad,
“para ser libres en la elección”, “por
ser honesta con una misma”, “porque la visibilidad ayuda
a que la sociedad acepte la diversidad”. Las preguntas fueron
muchas, y las respuestas servirán para diseñar nuevas
intervenciones en el espacio público. Saben que su tarea
es vasta, pero confían en que “a la manera de la piedra
plana que se arroja en el espejo imperturbable del lago, genera
círculos concéntricos que cada vez son más
amplios: una publicación, pequeña, humilde, pero poderosa.
Una vez leída, como la maldición bíblica, no
habrá manera de mirar atrás sin el peligro de convertirse
en estatua de sal”.
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Dora y Rosario
Por S.T.
Dora Marijanac y Rosario Parker se conocieron, como tantas otras
parejas, por el chat. Rosario vivía en Perú y Dora
en Salta, adonde había llegado para trabajar como calígrafa
pública nacional. No es su única profesión,
además es periodista. Cuando decidieron convivir en Salta,
no imaginaban que ese amor las iba a obligar a huir hacia Buenos
Aires para dejar de sufrir agresiones. Su historia deja la lesbofobia
al descubierto, en toda la dimensión que puede tomar en lugares
donde la tradición es una materialidad.
Dora tiene 49 años. Hasta que la conoció a Rosario,
hace tres, había tenido dos relaciones importantes con hombres,
pero con ella se acercó al amor lésbico. Después
de un tiempo de romance virtual y algunas visitas, empezaron a convivir
en la capital de la provincia. El hostigamiento de sus vecinos,
que organizaron reuniones de consorcio para rechazar su presencia
en un “barrio honorable”, las llevó a buscar
refugio en Cerrillos, una pequeña localidad de 15.000 habitantes
ubicada a 15 kilómetros de la capital. Pusieron un kiosco
y merendero, que atendía en forma gratuita a los niños
con carencias alimentarias. “Los chicos nunca entraron a nuestra
casa para recibir la leche. Se la dábamos en un jardincito
que teníamos afuera del departamento”, relató
Dora, todavía a la defensiva. Los vecinos organizaron reuniones
en las dos escuelas del pueblo para impedir que los chicos siguieran
tomando la leche, gratis, en la puerta de esa casa donde pasaban
cosas que ellos calificaban de “raras”.
“Lesbianas de mierda”, “mal nacidas” y “depravadas”
fueron algunos de los insultos que debieron escuchar durante los
meses que vivieron en Cerrillos. No sólo fueron insultos
en la cara, también escritos en las paredes, amenazas telefónicas,
anónimos. Se mudaron varias veces, hasta que la dueña
del último departamento –un Fonavi– donde vivían
les solicitó que lo desocuparan. El problema era que los
consorcistas se habían quejado, y la presionaban por alquilar
la casa sin haber terminado de pagarla. Excusas.
Dora todavía no se resigna a haber perdido todas sus pertenencias,
construidas en una vida de trabajo. A Buenos Aires llegaron con
lo puesto, y ahora buscan trabajo. Volvieron a empezar. Dora, con
49 años y Rosario, con 46, viven de pensión en pensión
y buscan trabajo. “Hemos llorado mucho, pero nos apoyamos
una a la otra. Y cuanto más nos hacen, más unidas
estamos”, dice Rosario, quien sufre además la discriminación
por su origen, que lleva a mucha gente a sugerirle que busque trabajo
como empleada doméstica. No tiene ningún problema,
pero ocurre que ella es traductora de inglés y webmaster.
En la marcha del orgullo que se realizó el último
sábado de junio por la peatonal de Rosario, ellas manifestaron
su amor envueltas en la bandera del arco iris.
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