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Jornada de Reflexión Lésbica de Rosario
26 de junio del 2004
“Fugitivas en el desierto”:
voces lesbianas en un paisaje heterosexual
“En lo inhóspito habitamos/ bellas
criaturas de lengua atrevida/ herencia temprana de las que/ escaparon
al engaño natural”
Valeria Flores
Neuquén
Las formas figurativas, las metáforas como ficciones
políticas presentan nuevas posibilidades interpretativas,
que permiten exploraciones de carácter político y
subjetivo. Son instrumentos deliberados para actuar en la realidad
porque ejercen un impacto en nuestra imaginación, pero también
son formas de conocimiento situado, por las visiones e imágenes
que encarnan. Pueden ser usadas como paradigmas provisorios para
indagar las diferentes formas de subjetividad de las mujeres lesbianas
y de su lucha con/en el lenguaje, destinada a producir representaciones
afirmativas de nuestra identidad. Estas figuraciones tensan la imaginación
política feminista, y ponen énfasis en la estructura
corporizada y sexualmente diferenciada de quien habla. Es un intento
de mezclar voces o modos de habla, mezclar deliberadamente el modo
teorético con el poético.
Monique Wittig dice que así como los siervos en la Edad Media
se escapaban del sistema de señorío, las lesbianas
nos escapamos de a una de la heterosexualidad. Y en esta huída,
nos encontramos aquí en Rosario, “entre nosotras”.
“Fugitivas”, escapando de la compulsividad heterosexual,
del dispositivo de feminización que nos encapsula a todas
como mujeres y por lo tanto como heterosexuales, de la lesbofobia,
del silencio, de las diversas formas de violencia e invisibilización.
Fugitivas como tránsito, como itinerarios en disputa. Una
fugitiva cercana a la figura de la prófuga lesbiana,
también de Monique Wittig, escapando de la clase “Mujer”
como construcción patriarcal.
Ahora bien, ¿por qué situar a las fugitivas
en un espacio como el desierto? Un poco por mi procedencia, un poco
para mostrar cómo la construcción de lo natural
o los paisajes “naturales” es una operación política.
Nosotras venimos de Neuquén, de la Patagonia, paisaje que,
en el imaginario social, está asociado al desierto. Si entendemos
los imaginarios culturales como redes amplias que conectan temas,
imágenes y formas narrativas que se encuentran disponibles
dentro de una cultura dada en un momento determinado, podemos entender
del mismo modo que el desierto patagónico es producto del
imaginario del viaje imperial, y se fue constituyendo como el lugar
ideal donde actualizar fantasías masculinistas y heterosexistas.
Por lo tanto, el desierto tampoco es un paisaje del orden de lo
“natural”. Como ha comprobado la bióloga feminista
Donna Haraway, las ciencias naturales han basado consistentemente
sus interpretaciones de comportamiento animal en ideologías
patriarcales sobre el sexo, la raza, la identidad nacional, la familia
y la clase social. Por más objetiva que sea, toda representación
supone siempre un proceso de selección y de jerarquización
de lo representado.
El paisaje se refiere a un modo occidental de percibir el espacio
e imaginar una relación con la naturaleza en términos
de una escena situada a cierta distancia del observador como si
se tratara de una pintura; de esta manera, el paisaje oculta la
subjetividad que le es inherente y que le confiere sentido y valor.
En este sentido, el paisaje es un instrumento de poder que refuerza
una manera de ver el mundo, naturalizando una perspectiva cultural
y política, representando el mundo como si estuviera dado.
Y es así como se nos presenta la heterosexualidad, como un
paisaje natural. De este modo, se oculta que el ordenamiento sexual
de la sociedad es una construcción histórica y política
y que el orden social es un orden regido por la heterosexualidad.
Así como el paisaje funciona como escenografía del
poder del sujeto y su otro u otra, la sexualidad es una tecnología
que normatiza formas de relación y fabrica cuerpos, institucionaliza
lenguajes y silencios, traza fronteras y límites, habilita
y excluye términos, jerarquiza hablantes .
Como quedó fijado en la fórmula sarmientina de civilización
y barbarie, se mantuvo (y se mantiene, creo, bajo otros códigos)
la premisa de que la única garantía de progreso era
la domesticación agresiva de la naturaleza, de las sexualidades
y de las comunidades no modernas que habitaban la geografía
de las nuevas jurisdicciones políticas de la naciente nación
argentina. El desierto como manifestación extrema de lo natural
produjo dos tipos de representaciones, ambas correspondientes a
operaciones mentales imperialistas de los imaginarios masculinos
y heterosexistas, de carácter expansivo y homogeneizador
propio de la modernidad. Por un lado, la representación de
la patagonia como límite absoluto de la razón y de
lo humano, de la barbarie extrema, de la frontera entre lo humano
y lo infrahumano o abyecto. Y por otro, el desierto como vacío,
como espacio desmesuradamente abierto. El desierto, así como
la heterosexualidad, marcan la frontera, una línea divisoria
que someterá a algunos sujetos al más severo de los
castigos como es la supresión de la existencia. Pero el desierto
no era un lugar vacío, había gente, pueblos originarios.
Construirlo como espacio vacío es una operación hegemónica
de invisibilización de manifiesto desprecio por la diferencia.
La heterosexualidad, que aparece como paisaje neutro, dado por la
naturaleza, invisibiliza y silencia la diferencia.
Desierto y heterosexualidad son construcciones sociales que nos
imponen la naturaleza como principio normativo y sobredeterminado.
Son paisajes sociales cargados de significaciones políticas.
Por eso propongo pensarnos como fugitivas en el desierto,
lesbianas que huyen de esa construcción mental del desierto
como naturaleza, de la heterosexualidad como destino biológico.
Esta figuración con la que intento trabajar, de muy reciente
experimentación, esboza el sitio desde dónde hablo,
ubicándome en una política de la localización.
Es decir que, de las diversas posiciones de sujeta que puedo ocupar:
como lesbiana, mujer, feminista, docente, trabajadora, escritora,
blanca, joven, atea; de estas múltiples posiciones, privilegio
para hablar y activar políticamente, mi sexualidad, es decir,
como lesbiana feminista. Y antepongo lesbiana al de feminista porque
sino nuevamente mi identidad sexual sería invisibilizada,
ya que es una sexualidad degradada socialmente y destinada al secreto.
La política de localización pone, en primer término,
la comprensión de la especificidad de nuestros conocimientos
y posiciones situadas, desde donde se mapean las condiciones espacio-temporales
para interrogar lo posible en lo existente, y no para producir una
política de la instalación permanente.
No puedo dejar de mencionar el contexto en el que habito y desde
el cual vengo y escribo, donde transcurren mis sentido vitales.
Vivo en la ciudad más poblada de la Patagonia argentina (de
aproximadamente 200.000 habitantes), ciudad con el mayor índice
de pobreza. Haciendo una mezquina descripción del contexto
socio-político, la provincia de Neuquén está
marcada por un progresivo avance de la derecha, con la judicialización
de los conflictos sociales, una justicia y una legislatura adictas
al poder gobernante, la represión de las protestas sociales,
la desaparición hace más de un año de un joven
universitario, una docente sumariada por trabajar el tema de la
dictadura militar con sus alumnas/os, el derecho a paro anulado
de facto mediante la coerción y la persecución, los
aprietes policiales al movimiento estudiantil. Pero, por otro lado,
se desarrollan experiencias de oposición como la fábrica
Zanón bajo control obrero, el pueblo mapuche contra el estado
monocultural y las petroleras, y un incipiente movimiento feminista
que intenta poner en el debate público temáticas como
la violencia hacia las mujeres, los femicidios, el derecho a decidir
sobre el propio cuerpo, la anticoncepción, el aborto y, con
menor énfasis, la libre elección sexual.
Mi aporte para la reflexión en esta jornada consiste en hacer
algunas consideraciones de orden argumentativo sobre la relación
entre feminismo y lesbianismo, como aporte teórico e intelectual
desde este lugar de “fugitiva”, consideraciones
que van a estar centradas en: la construcción de genealogías
feministas, en la concepción de identidad a la que, por lo
menos hasta el momento, adhiero y la importancia política
de la visibilidad. Todo ello a modo de andamiaje teórico
y político que sustentan las acciones y la propia cotidianeidad
feminista. Luego, voy a realizar consideraciones más bien
de carácter práctico, acerca de: por un lado, qué
pasa con el lesbianismo y feminismo en Neuquén, y por otro,
qué me pasa mi con eso y con la visibilidad, analizando algunos
aspectos tanto de la lesbofobia social como la internalizada.
Sobre las genealogías feministas
Me reconozco en una tradición de pensamiento y acción
feministas, y más que nada en un feminismo situado. Donna
Haraway insiste en la naturaleza corporizada de toda mirada a partir
de la noción de saberes ubicados. Ella dice que la idea de
una mirada infinita es una ilusión. Aceptar la existencia
de saberes parciales, situables y críticos permite respondernos
acerca de cómo aprendimos a ver.
La mirada siempre depende del poder de ver, y quizá, de la
violencia que está implícita en nuestras prácticas
visualizadoras. ¿Con la sangre de quién se han construido
mis ojos?, se pregunta Haraway. Este asunto exige también
una referencia a la propia posición; eludirla es esquivar
cuestiones políticas serias.
Perseguir un proyecto político común de conocimiento
e intervención en el mundo por parte de las mujeres, tal
como plantea Teresa de Lauretis (teórica lesbiana feminista),
implicaría definirse con y contra la creciente globalización
del mundo. Para ello, considera necesario revalorizar las diferencias
que existen entre nosotras y en nosotras, y dejar de pensarlas como
obstáculo para entenderlas como estímulo de una renovada
creatividad política y personal.
“Entre nosotras” hay seguramente diferencias
de experiencias, diferencias de niveles en la relación con
los textos, diferencias de planteamientos, diferencias de perspectivas,
sin embargo, sin ánimo de homogeneizar puedo decir que estamos
aquí para construir formas inéditas de relación
entre lesbianas, para autorizarnos entre nosotras, para situar algunas
coordenadas de lectura que sean colectivas, para pensar juntas,
para hacer habitable la propia posición de lesbiana.
Entiendo el feminismo no sólo como un movimiento intelectual
y político a favor de las mujeres, sino también y
principalmente como movimiento subjetivo de politización
de la vida cotidiana, que hace de lo personal, de lo cotidiano,
de lo más ínfimo, una constante problematización,
capaz de subvertir los modos de vida y ampliar nuestra capacidad
de decisión y autonomía sobre nuestras vidas.
Y para pensar en estos términos, es imprescindible referenciarse
en las producciones de las mujeres y lesbianas que nos precedieron.
Esa descendencia dispersa, fragmentada, pero históricamente
presente de pensamiento y escritura que se ha llamado genealogía
de mujeres. Ésta no es una tradición, ni un vínculo
de sangre entre madres e hijas desheredadas, sino más bien
es el rastro de un recorrido, de un deseo: una genealogía
feminista discontinua y evasiva, reconstruida día a día,
como dice de Lauretis.
Como parte de esas genealogías es necesario dejar que otras
hablen en mi texto, inscribiendo mi trabajo en un movimiento político
colectivo. Dejar que las voces de otras resuenen a lo largo de mi
texto es un modo de construir esas genealogías.
Las genealogías feministas son las prácticas discursivas
y políticas comúnmente compartidas, una especie de
contramemoria o un espacio de resistencia. Conforman una escala
acumulativa de mujeres incardinadas y embebidas de experiencia,
que constituye un legado simbólico que entrelaza el cuerpo
sexuado, el tiempo y la memoria. Y aquí las lesbianas tenemos
una gran tarea por delante ¿podemos hablar de genealogías
lesbianas? Parece que dentro de estas memorias de mujeres, nuevamente
“las fugitivas” seguimos casi desapercibidas,
suprimidas, secundarizadas o anuladas. Si privilegiamos nuestra
identidad sexual como el primer sitio de resistencia, empezar a
buscar las huellas de nuestras predecesoras, sus vidas, sus palabras,
sus propuestas, sus dolores, constituye una tarea axial.
Sobre las Identidades
Si entendemos que las condiciones que rigen la constitución
de toda identidad son la afirmación de una diferencia, la
idea de exterior constitutivo muestra el carácter relacional
de toda identidad y el establecimiento de una jerarquía.
La identidad es atravesada por una multiplicidad de discursos y
de relaciones de poder. En las identidades se juegan relaciones
de fuerzas, son sitios de conflicto. Abrir el término lesbiana
a la discusión política entre las propias protagonistas
es indagar acerca de las jerarquías sobre las que se estableció
y que pueden ser desestabilizadas.
La identidad no es una esencia, es tránsito, devenir, en
todo caso, con una estabilidad provisoria; es un juego de aspectos
múltiples y fracturados del sí mismo o sí misma
en disputa con los otros/as. No es una esencia monolítica
definida de una vez y para siempre, sino el sitio de un conjunto
de experiencias múltiples, complejas y potencialmente contradictorias.
También por eso, el tropo “fugitivas”
connota movimiento, trazados más bien inciertos, que se desordena
y se vuelve a re-ordenar, que llega y parte.
Políticamente sostengo que es crucial insistir en las identidades
lesbianas, justamente porque son borradas y suprimidas del paisaje
heteropatriarcal, por la violencia de una eliminación pública
sostenida.
Ahora, ¿cuál versión de las lesbianas debe
hacerse visible, y qué exclusiones internas instituirá
el hacerse visible? Seguramente el uso de la categoría lesbiana
es un riesgo porque puede convertirse en un sitio de impugnación,
es decir, que puede suprimir ciertos modos de vivir el lesbianismo,
lo cual puede hacer de esa categoría una cuestión
normativa. Sin embargo, este riesgo no puede paralizarnos políticamente,
porque también es cierto que en la medida que dejemos de
nombrarnos, dejamos de existir. Y lesbiana es una identidad impugnada
social e históricamente. En todo caso, será necesario
dejar el significante lesbiana como un horizonte abierto a múltiples
significaciones, pero que, en determinados contexto socio-históricos,
se cargarán con la referencialidad de quienes lo pongan en
juego y lo sostengan políticamente.
Sobre la visibilidad lésbica
Unido estrechamente al tópico de la identidad lesbiana, se
encuentra el de la visibilidad. Ser visibles en la sociedad heteropatriarcal,
reconocerse públicamente como lesbiana. Fugarse de la heterosexualización
que opera sobre las mujeres.
Partamos de que la existencia de las lesbianas ha sido omitida,
cancelada y penalizada durante siglos y de forma sistemática
por el orden patriarcal, llegando a constituir una ignorancia institucionalizada.
Ya lo decía Adrienne Rich, el lesbianismo es una forma de
deseo femenino que amenaza seriamente la estabilidad del modelo
de sexualidad reproductiva que ordena los sistemas de parentesco,
y con ellos, las relaciones sociales primarias en las formas patriarcales.
La heterosexualidad obligatoria, tal como ella afirma, garantiza
un modelo de relación social entre los sexos en el cual el
cuerpo de las mujeres siempre es accesible para los hombres. No
existen ni opción ni preferencia reales donde una forma de
sexualidad es precisamente definida y sostenida como obligatoria.
De ahí se deriva su carácter de institución
social y política. La heterosexualidad es producida y reproducida
socialmente, imponiéndose de manera normativa. Por lo tanto,
cuando las lesbianas criticamos la heterosexualidad, no nos referimos
a un comportamiento sexual o a una relación en particular,
sino a un sistema, casi el más naturalizado, de prácticas,
normas y creencias que otorgan privilegios y jerarquiza las sexualidades.
En el caso de las lesbianas, la opresión no opera a través
de actos de abierta prohibición, sino encubiertamente, a
través de la producción de un dominio de lo impensable
y de lo innombrable. Judith Butler dice justamente que: El
lesbianismo no ha sido explícitamente prohibido, en parte
porque no se ha dado a conocer en lo pensable, en lo imaginable,
esa red de inteligibilidad cultural que regula lo real y lo que
puede ser nombrado. Las lesbianas, por lo tanto, ni siquiera
calificamos como objeto de prohibición porque ni siquiera
podemos ser imaginadas, ya que se ejerce sobre nosotras una suerte
de “violencia epistémica”, borrándonos
como sujetas posibles de existir.
La identidad lesbiana marca una diferencia, diferencia que no es
un atributo fijo, sino producto de una relación contingente.
Pero las marcas de esta diferencia se subvierten mostrando las particulares
marcas de la indiferencia, de “lo neutro”, aquello invisibilizado
por normativo, hegemónico y sobre-representado, que en este
caso es la heterosexualidad.
Por ello, la visibilidad, desde mi punto de vista, no es la consolidación
de una esencia lésbica sino una estrategia de intervención
política que denuncia la dictadura invisible de un modelo
de sexualidad normativo, del fundamentalismo heterosexual que imponen
las instituciones con su política del silencio. Y esto sí
constituye una "amenaza" porque se ataca uno de los pilares
fundamentales que estructura a esta sociedad: el heterosexismo.
Qué pasa en Neuquén
Los frentes en los que una lesbiana feminista confronta, son varios,
aunque con distintos niveles de intensidad y conflictividad, fuerza,
alianzas y reciprocidades. Entre otros, podemos nombrar: la iglesia
y sectores de derecha o conservadores, los movimientos sociales,
el movimiento feminista, el movimiento LGTTTBI, la propia comunidad
de lesbianas y cada lesbiana consigo misma. Al que voy a hacer referencia
es al movimiento feminista, no sólo a solicitud de las coordinadoras,
sino porque es donde una espera encontrar interlocutoras válidas
para desarrollar su pensamiento.
En el incipiente movimiento feminista que se está dando en
la región, la heteronormatividad no es un tema de discusión.
Visualizo posibilidades teóricas de pensar el lesbianismo,
pero políticamente hay cuestiones sin resolver, asuntos pendientes,
aunque considero que esto es histórico en la relación
entre lesbianismo y feminismo. Pero este proceso se dá en
la medida en que se intenta configurar una voz distinta, una voz
diferenciada como lesbianas dentro del feminismo. Si hubiera que
caracterizar esa relación, diría que es de tensión
y disputa. Y, seguramente porque una se fue entrenando en ver algunas
cuestiones con su ojo lésbico, también hay silencios
y muchos. Y esos silencios no son un vacío, no es ese desierto
como construcción mental del conquistador occidental, sino
que en ellos se viven dilemas encarnados, se habitan conflictos
y confusiones, hay afectos que se afectan. A veces, tengo la sensación
de que el lesbianismo fuera un tema menor dentro de la agenda de
las mujeres, secundarizado, aplazado por demasiado urticante. Y,
para mí misma, pienso: cuántas veces habremos cedido
protagonismo a otros debates, adscribiendo a lo supuestamente “común”
entre mujeres, lo que oculta nuestra posición excluida en
el diálogo.
Las estrategias políticas se definen en función de
los contextos y procesos socio-históricos de cada lugar.
Y en función de esos contextos se piensan las decisiones
que una va tomando y dónde se va ubicando (y con quién).
Muchas discusiones teóricas y, por lo tanto políticas,
son discusiones que devienen de determinadas geografías.
Una puede leer, impregnarse de esas discusiones, estar al tanto,
compartir algunas posiciones y otras no, estar atenta a ciertos
señalamientos, pero las posibilidades de acción son
muy distintas en el lugar que se habita cotidianamente.
En Neuquén no hay ningún movimiento LGTTTBI, apenas
estamos algunas muy poquitas lesbianas tratando de pensar juntas,
reflexionar sobre lo que nos pasa en nuestras vidas, de organizarnos.
Y además somos lesbianas feministas, que participamos del
incipiente movimiento feminista de la región. Pero que no
encontramos el espacio para expresar nuestra voz y nuestros deseos,
por eso a partir de la decisión que tomamos con Macky, comenzamos
a juntarnos en un espacio "separado", a crear nuestros
propios materiales y acciones.
En este contexto es que decidimos tomar la acción en nuestras
manos y armar el grupo de reflexión, una boletina, el relevamiento
de las condiciones de vida de lesbianas del Alto Valle; asentadas
en una percepción muy fuerte: nadie lo haría por nosotras.
Este separatismo lo entendemos no como aislacionismo, sino
como "la ruptura de ciertos lazos con los hombres y con
las prácticas al servicio de los varones" (y podríamos
agregar, de las mujeres heterosexistas). Es una herramienta política
para que las lesbianas podamos configurar y desarrollar nuestra
propia voz.
Como “fugitiva”, en algunas circunstancias
cabalgo como una lesbiana en los términos de Wittig, que
está más allá de las categorías del
sexo (mujer y hombre),escapando a la relación de servidumbre
con el hombre, y, en otras, me pienso como una mujer lesbiana compartiendo
con las otras mujeres las mismas opresiones, ya que no puedo dejar
de ser leída por esta sociedad como mujer. Estos son los
desplazamientos que hago por ahora, y son construcciones provisorias
que coexisten. Tal vez, cuando logremos construir una voz pública
con las otras lesbianas, y la relación de fuerzas con el
movimiento feminista sea distinta, nos obligará a otro tipo
de posicionamientos.
No quiero terminar este punto sin dejar de hacer un comentario sobre
la presentación de la ley de Unión Civil el año
pasado en la legislatura neuquina. Fue presentado por una diputada
del ARI, siendo una copia del que la CHA presentó en la ciudad
de Buenos Aires. Nosotras, como lesbianas, cuestionamos la presentación
del ante-proyecto haciendo dos consideraciones: el nivel de discusión
y aceptación social de la temática, poniendo de manifiesto
que en la región está sumamente silenciado, y segundo,
que la ley tiene que ser una expresión de las demandas y
deseos de las/os ciudadanas/os afectados por la misma, y que en
este caso, el apuro político nos desplazó del debate
democrático que entendemos debió darse.
En este contexto, nuestras acciones como lesbianas feministas se
van construyendo en la conjunción, no exenta de conflictividad,
de deseos y derechos, atentas al disciplinamiento de las que pueden
ser objeto. Por eso se impone desequilibrar los deseos, constantemente
pacificados bajo el signo de la tolerancia y la coexistencia.
Qué me pasa a mí
El proceso de visibilidad es algo que no se acaba nunca. No se sale
del closet de una vez y para siempre, sino que se multiplican, como
si cada relación que una establece fuera un closet. Desde
que, progresivamente, fui tomando la palabra en mi boca, reconociendo
mi condición de lesbiana frente a mi familia de origen, amigas,
compañeras/os de trabajo, en los medios de comunicación,
en la escuela con mis alumnas y alumnos, esto hizo sentirme entera,
menos fragmentada. Y paradójicamente, a medida que salía
de más closets, más consciente era/soy de mi propia
lesbofobia, de esa opresión internalizada, de esa vergüenza
enraizada tan fuertemente en mí, esa desvalorización
de mis pensamientos y de mis palabras.
En el principio de mi historia lesbiana, cuando comencé a
asumir que “me pasaban cosas con otras mujeres”, era
una “fugitiva” que huía sin saber muy
bien por qué, con un equipaje compacto de sensaciones y percepciones,
consistentes en no querer, no obedecer, en no desear ese lugar destinado
para las mujeres, que te imponen de forma silenciosa pero profunda,
los mandatos sociales. Y a medida que escapaba, enredada en el lenguaje,
con nuevas voces resonando en mi cuerpo, algunas más tímidas
otras más fuertes, le fui poniendo nombre a esas sensaciones,
dibujando los mapas materiales y simbólicos de los lugares
en los que había estado; porque la conciencia de la opresión
no comporta tan sólo una reacción a luchar contra
ella, comporta también una verdadera y propia organización
simbólica del mundo como práctica subjetiva y cognitiva.
Por supuesto que la escuela ha sido el lugar más difícil
donde visibilizarme como lesbiana, pero también marca un
hito en mi trayectoria personal, una suerte de epifanía que
me movilizó profundamente. Una pequeña batalla ganada
a la lesbofobia social y personal.
La escuela es una institución por excelencia que produce
la heteronormatividad, y en ella, los cuerpos y deseos de las maestras
están sometidos a profundos dispositivos de control. Cuando
digo que soy lesbiana frente a mis alumnas/os, ante inquisiciones
como: ¿tiene novio?, ¿tiene hijos?, soy consciente
de los riesgos que corro, pero también reconozco lo que habilito
y lo que me posibilito a mí misma. No quiero ubicarme en
la posición, cuando desarrollo los talleres de sexualidad
por ejemplo, que dice: “tengo una amiga lesbiana”,
porque es una posición que me victimiza, que pone la diferencia
afuera de la escuela, que mantienen la armonía heterosexual.
Me transformo, así, en una maestra fugitiva porque huyo de
la figura asexuada, deserotizada de la maestra, de su imagen de
pureza y de segunda mamá.
Todas las violencias no tienen el mismo peso, ni la misma intensidad,
no generan el mismo dolor. Las violencias se entrelazan, se conjugan,
se suman, se multiplican, a veces son tan cotidianas que ni siquiera
las entendemos como violencias. Por eso se hace necesario nombrarlas,
hacerlas visibles, enfrentarlas.
Las lesbianas sufrimos violencia por invisibilidad, por omisión,
por condena y por exclusión. Una de las mayores violencias
es la invisibilización.
Por eso, es sólo a través de la visibilidad que llegaremos
a nuevas lesbianas que podrán sumarse a la construcción
de este movimiento, volviendo eficaz la lucha contra el heterosexismo.
No quiero dejar de hacer una referencia al orgullo, dado que estamos
en vísperas del día del orgullo LGTTTBI. Y para ello,
voy a retomar palabras de Adrienne Rich que escribe en relación
a la identidad judía como identidad anulada. “El
orgullo surge con frecuencia del lugar en que rehusamos ser víctimas,
de allí donde experimentamos nuestra propia humanidad bajo
presión, donde comprendemos que no somos las odiosas proyecciones
de otra gente, sino intrínsecamente nosotros. ¿Adónde
nos lleva esto? Primero nos ayuda a luchar por sobrevivir, porque
sabemos, y esto procede de algún lado, que merecemos sobrevivir.
“No soy una forma de vida inferior”, se convierte en
“Existe en mí, y en otras personas como yo, una vida
sagrada, energía y plenitud, que estáis intentando
destruir”.
Las fugitivas en el desierto sobrevivimos
con reflexiones íntimas engarzadas en nuestros cuerpos, conviviendo
con la incertidumbre, des-ubicadas de los mapas disponibles, invitando
a imaginar la realidad desde un lugar ubicado, rechazando los paternalismos
tolerantes que usurpan la palabra, desmontando sin descanso nuestra
propia racionalidad heterosexual, resistiendo la descalificación.
Y como fugitivas, como Rosario y Dora a quienes dedico
especialmente este trabajo para cicatrizar un poco su dolor, buscamos
seguridad. Y nuevamente Rich. Uno de los sentidos que le dá
a la palabra seguridad es la de un lugar en el cual podemos
tomar aliento, descansar de la persecución, ser testigos,
lamer nuestras heridas, sentir compasión y amor a nuestro
alrededor en lugar de hostilidad o indiferencia... La seguridad
implica, en este sentido, un lugar donde reunir fuerzas, un lugar
del cual partir, no un destino. Así, como este encuentro
de fugitivas.
Bibliografía
Donna Haraway citada en Braidotti,
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Aires.
Adrienne Rich (1986) Sangre, pan y poesía.
Editorial Icaria, Barcelona,.
María M. Rivera Garretas (1994). Nombrar
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Monique Wittig (1981) Nadie nace mujer. Traducción
Sérgio Vitorino. La Jornada Semanal, 25 de octubre de 1998,
México.
Monique Wittig (1996). “La mente hetero”.
Traducción Alejandra Sardá. Mimeo.
Monique Wittig (1987) “A propósito
del contrato social”
Gabriela Nouzeilles (2000). Ficciones somáticas.
Naturalismo, nacionalismo y políticas médicas del
cuerpo (Argentina 1880-1910). Beatriz Viterbo Editora. Rosario.
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de un camino a través del feminismo”. Ed horas y Horas,
Madrid.
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de Eros. Historia, género e identidades sexuales. Edelp.
Ediciones de la École Lacanienne de Psychanalyse Buenos Aires
Claudia Card ( ) Feminismos y pedagogías
en la vida cotidiana. Carmen Luke comp. Ed Morata, Madrid.
Otras inapropiables (2004) Introducción
a cargo de Eskalera Karakola. Ed. Traficante de sueños, Madrid.
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