| El
concepto de affidamento
Lo que sigue es una veloz traducción propia
de la Introducción al libro Non Credere di Avere dei Diritti,
del colectivo Libreria delle Donne di Milano, del año 1987
(existe traducción al español: No Creas Tener Derechos,
horas y HORAS, Madrid 1991).
H e recortado de esta Introducción los párrafos
pertinentes al concepto de affidamento.
Traducción para RIMA y Safo_piensa: Gabriela
Adelstein, Buenos Aires 2004.
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El tema de este libro es la necesidad de dar sentido, exaltar, representar
en palabras e imágenes la relación de una mujer con
una similar a ella.
Si poner en palabras una práctica política
es igual a hacer teoría, entonces éste es un libro
de teoría porque las relaciones entre mujeres son la sustancia
de nuestra política.
Es un libro de teoría, entonces, pero mezclada
con cuentos. Para nosotras decir teoría sigue siendo en parte
un contar la práctica, ya que el razonamiento teórico
se refiere habitualmente a cosas que ya tienen un nombre,
mientras que aquí se trata, en parte, de cosas que no tenían
nombre.
Los hechos y las ideas que exponemos tuvieron lugar
entre 1966 y 1986 principalmente en Milán. Comúnmente
son clasificadas bajo el nombre de feminismo. Ahora nosotras quisiéramos
llevar a la luz su verdadero sentido y por lo tanto también
su nombre.
El nombre es"genealogía". En los años
y lugares indicados hemos visto tomar forma a una genealogía
de mujeres, o sea un venir al mundo de mujeres legitimadas por la
referencia a su origen femenino.
Al decirlo sentimos una emoción, es una cosa
emocionante también porque se mantiene en suspenso. No estamos
seguras de que la historia reconstruida con este libro producirá
verdaderamente aquello que hemos buscado, que es ser inscriptas
en una generación femenina. No es de excluir que la prueba
de los
hechos demuestre que nuestra experiencia es sólo una de las
tantas vicisitudes históricas del frágil concepto
de mujer.
La raíz gen de palabras como género, genealogía,
generación -enseña la lingüística- caracteriza
a palabras tradicionalmente asociadas con el nacimiento en cuanto
hecho social, y precisamente al nacimiento legítimo de
individuos masculinos libres. En nuestra cultura, como ha subrayado
Luce Irigaray, falta la representación de la relación
madre-hija: la madre siempre tiene al hijo en brazos.
Entre las cosas que no tenían nombre estaba,
está, el sufrimiento por haber sido puestas en el mundo de
esta manera, sin ubicación simbólica. Un ser vivo
es cuerpo y mente, nace y se encuentra por casualidad en un determinado
lugar en un determinado tiempo y para la mente comienza el trabajo
de ubicarse, de
buscar referencias. El cuerpo es colocado físicamente pero
la mente debe establecer por sí misma su propio dónde,
con la ayuda de quien llegó primero.
¿Pero si nacés mujer, qué ayuda
recibís? La sociedad pretende que la mente femenina esté
situada con el cuerpo y como el cuerpo. O que, si no, no esté
en ningún lugar.
Los estudiosos de antropología enseñan
que la sociedad humana se ha constituido mediante el intercambio
de signos, bienes y mujeres. Es un extraño modo de representar
las cosas, una manera de falsa simplicidad
científica para cubrir el horrible desorden causado por la
dominación de un sexo sobre el otro, la violenta destrucción
de las relaciones entre las mujeres, en primer lugar aquella con
la madre, a menudo acompañada por la imposibilidad, para
una mujer, de ser dueña de sus propias producciones y casi
siempre unida a la dificultad femenina para producir signos originales:
¿para intercambiar con quién, para significar qué?
Cuando se razona sobre la condición femenina,
habitualmente tenemos presente el estado de confusión entre
su ser cuerpo y su ser palabra, que el hecho de ser trasplantada
a las genealogías masculinas provoca en una mujer . O sea,
ese estado conocido como histeria femenina, femenino casi por definición.
[...]
Virginia Woolf ha escrito que, para hacer trabajo intelectual, hace
falta tener una habitación propia. Pero en la habitación
puede ser imposible quedarse quietas y dedicarse al trabajo porque
los textos y aquello de lo que hablan se presentan como bloques
extraños, opresivos, de palabras y hechos en los que la mente,
paralizada por emociones sin correspondencia con el lenguaje, no
logra avanzar.
La habitación propia, entonces, debe ser entendida
en otro sentido, como ubicación simbólica, como lugar-tiempo
provisto de referencias sexuadas femeninas donde estar significativamente
para un antes y un después de preparación y confirmaciones.
[...]
Hemos descubierto que la búsqueda de referencias simbólicas
ofrecidas por otras mujeres es una búsqueda muy antigua,
y que ha tomado muchas veces la misma modalidad que nosotras le
hemos dado, de una relación de affidamento
[N.T. confiarse a], como en la historia de Naomi y Rut que cuenta
la Biblia.
[...]
Hemos dado un nombre a la relación de Rut con Naomi, la hemos
llamado affidamento. En efecto, es preciso saber que en las muchas
lenguas de una cultura milenaria no existían nombres para
significar tal relación social, distinta de toda relación
entre mujeres por sí mismas.
La palabra affidamento es bella, tiene en sí
raíces de palabras como fe, fidelidad, confiarse, confiar.
Sin embargo a algunas no les gustaba, porque se refiere a una relación
social que nuestro derecho prevé como entre un adulto y un
niño. El confiarse de una mujer en otra similar a ella puede,
en efecto, establecerse entre una niña y una adulta, pero
ésta es una de las posibles derivaciones. Nosotras lo hemos
visto y pensado, primariamente, como forma de relación entre
mujeres adultas. Que una de las dos sea de este modo
asimilada a una niña, a algunas les resultó molesto.
De todos modos, nadie planteó que esto fuera
un problema grave, y podríamos obviar cualquier referencia.
Sin embargo, rechazar una palabra, bella en sí, sólo
por el uso que hacen otros, es un síntoma de impotencia frente
a lo ya pensado por otros: en este caso, lo ya pensado sobre las
relaciones entre niños y adultos, y aquello que sería
o no conveniente para la edad adulta de una mujer.
A menudo en muchos campos sucede que la lengua se nos
imponga como el dominio de experiencias y juicios ajenos. La lengua
en sí no es el dominio de una experiencia a exclusión
de otras, o de un pensamiento sobre otros. Pero la lengua hace cuerpo
con la trama de las relaciones sociales, y éstas son bien
poco favorables para acoger aquello que una mujer vive y quiere
para sí misma, en su diferencia con el hombre.
A ninguna de nosotras, muy probablemente, se nos ha
enseñado la necesidad de cuidar especialmente las relaciones
con otras mujeres y de considerarlas un recurso insustituible de
fuerza personal, de originalidad mental, de seguridad social. Y
es difícil incluso hacerse una idea de su necesidad, porque
en la cultura recibida se han conservado algunos productos de origen
femenino pero no su matriz simbólica, a tal punto que los
productos se nos presentaban como re-generados por un pensamiento
masculino.
Hasta que una experiencia política de relaciones
entre mujeres nos ha llevado a mirar mejor los hechos del pasado.
Así hemos descubierto, maravilladas, que desde los tiempos
más antiguos han existido mujeres que han trabajado para
establecer relaciones sociales favorables para sí y para
sus semejantes. Y que la grandeza femenina se ha nutrido a menudo
(o quizás siempre?) de pensamiento y de energías que
circulan entre mujeres.
[...]
Tener interlocutoras magistrales es más importante que tener
derechos reconocidos. Una interlocutora con autoridad es necesaria,
si se quiere articular la propia vida en un proyecto de libertad
y encontrar así la razón
del propio ser mujer. La mente femenina sin ubicación simbólica
tiene miedo. Está expuesta a hechos imprevisibles, todo le
sucede desde afuera en el cuerpo. No son las leyes ni tampoco los
derechos los que dan a una mujer la seguridad que le falta. La inviolabilidad
puede ser conquistada por una mujer mediante una existencia proyectada
a partir de sí y garantizada por una sociedad femenina.
Habiendo observado y pesado estas cosas, hemos llegado
a la conclusión que el confiarse de una mujer en una semejante
es un contenido de lucha política. Así llegó
también la decisión de escribir este libro que cuenta
nuestra historia política.
Una cosa ha pesado más que las otras: el ver
que el confiarse resulta espontáneo entre mujeres pero casi
sin consciencia de su potencia. Por ejemplo, las mujeres que entran
en las organizaciones masculinas a menudo se
ayudan con el confiarse a, para darse seguridad y para hacerse una
idea propia de la realidad circunstante, más o menos como
Vita y Virginia en su carrera literaria.
Confiarse a una semejante resulta frecuentemente, si
no siempre, indispensable para una mujer para alcanzar un fin social.
Se trata por lo tanto para ella de una forma política primaria
y es preciso que esto se sepa y que se afirme, si es necesario,
incluso contra las formas consideradas primarias por los hombres
en sus organizaciones.
La política de las reivindicaciones, por más
justas que sean, por más sentidas que sean, es una política
subordinada y de las subordinaciones, porque se apoya en lo que
resulta justo según una realidad proyectada y sostenida por
otros, y porque adopta lógicamente sus formas políticas.
Una política de liberación, como hemos
llamado al feminismo, debe dar fundamento a la libertad femenina.
La relación social de affidamento entre mujeres es a la vez
un contenido y un instrumento de esta lucha más esencial.
[...]
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