Cristina
25 de Febrero de 2011 por gabrielaa.
Hace rato que en el barrio no oímos sus “¡Martín!” o “¡Cristian!” echados al aire a todo pulmón, con su voz de perfecta impostación natural, pero a veces todavía me la cruzo donde hay alguna oferta, y sigue saludándome con su carcajada profunda, a pesar del bastón y el reuma.
Cristina era una adolescentita chilena sirviendo en la pampa bonaerense cuando se cruzó con el viajante rubio de ojos azules. Flechazo y años de amor sin papeles ni bendición. Parió tres varones, bellos y muy distintos. No dejó de trabajar ni uno solo de sus días: cosió sábanas pedaleando la Singer en su casa, limpió oficinas, rajó con su bici a cualquier lado donde hubiera “oferta”. Hizo frente a todas las desgracias con su carcajada profunda: el rubio tuvo un terrible accidente en la ruta y ya no pudo viajar, tuvo que arreglárselas como vendedor callejero, Cristina estuvo a su lado y sacó al frente a los hijos. Martín es arquitecto y profesor superior de inglés, da clases en la universidad y es una de las personas más buenas y nobles que conozco. Cristian es un tiro al aire y el Pato, después de tumbos y tumbos, cuando ya era un techista consumado y requerido, tuvo la desgracia de caerse y morir después de meses de agonía. Cristina se lo bancó porque tenía que sostener a sus hombres; se tragó el dolor profundísimo y vaya una a saber qué hizo con él. Al rato se murió su amor, pero antes el tarambana de Cristian los tuvo a mal traer: fue un delincuente precoz y nadie podría entender por qué en esa familia tan contenedora, amorosa y ejemplar el pibe “se torció”. Las veces que estuvo en cana Cristina se apagaba un poquito, hacía los paquetes con todas las exquisiteces que siempre supo cocinar e iba a verlo. Sin un reproche.
Cuando el Pato se accidentó Cristina apretó los labios y se pasó las horas, los días y las semanas junto al hijo cuadripléjico. Cuando el Pato murió, a ella le tocó confortar a todos: al padre, a los hermanos, a la nuera y hasta a la familia política. Ella no pudo dar rienda suelta al dolor, tuvo que callarse y seguir adelante.
Ricardo no tardó mucho en seguir al hijo, el dolor lo había carcomido.
Cristina está sola. Martín vive lejos y aunque la visite bastante seguido y la lleve a ver a los nietos, no está en el día a día. Cristian sigue con “candombes” variados y está clarísimo que a los 30 no cambiará.
La vi hace unos días, con su bastón –la máquina de coser no perdona las piernas-, con toda su historia a cuestas, pero también con su increíble carcajada pronta, con su orgullo de haber sacado adelante a una familia. Volveremos a encontrarnos donde haya una oferta, nos lo prometimos.
Tags: mujeres
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