Bárbara 6 (yo)
19 de Diciembre de 2012 por RIMA
Nací y mi madre comenzó a cocuparse para que yo fuera independiente, fuerte. Era lógico y loable: padres inmigrantes, ninguna familia extendida, madre cardíaca.
A los siete años viajaba sola en colectivo y volvía después del crepúsculo. A los doce iba sola a la capital con solo una Guía Peuser para ubicarme y llegar adonde debía llegar. A los trece tenía que ocuparme de conseguir los libros de texto usados, en San Isidro o en La nena o El estudiante, de la capital. Las colas eran tremendas y había que empujar y pedir a los gritos. A los quince iba sola al médico, después de haber hecho cola y sacado turno en el hospital. La mirada de mi madre me sostenía y yo no podía defraudarla.
Tenía veinte cuando ella murió y mi mundo se desmoronó. Ansiaba escapar a su control y ser realmente independiente, pero al mismo tiempo debía seguir dándole cuenta, estar a su alcance para que comprobara que había hecho bien las cosas. Y de repente el vacío. Y yo girando en él. Girando sin saber cuándo ni dónde anclar.
Anclé en el lugar más lógico pero menos loable, junto a un hombre. Ni siquiera me pareció el más seguro o confiable, simplemente era el que estaba allí. Y me pareció que estaba bien. No tenía la menor expectativa, pero era comenzar a vivir una vida independiente. La estupidez humana no tiene límites, mucho menos la de una chica de veinte devastada por el duelo.
Fea, tonta e inútil, pero a pesar de eso querida, y debía agradecerlo. Despreciada y agredida y por eso debía agradecer que un hijo me defendiera de su madre. Me enfermé y nadie, ni yo misma, se dio cuenta.
Mi padre, hombre tierno y siempre de costado, sin interferir, sin opacar el brillo de mi magnífica madre, sí se dio cuenta. Eligió morir porque creyó que me regalaba independencia. Pero ya era tarde. La espiral de la violencia estaba enroscándose en su siguiente vuelta.
Viví absolutamente en función de las necesidades de otro: sus gustos, sus peleas con los clientes, sus elecciones de amigos. Pero conservé algunas pequeñas trincheras: la ideología, la literatura, el placer de la conversación (no de la charla o el intercambio de información, sino el diálogo de ideas).
A los 27 mi biología se impuso a cualquier condicionante: necesitaba sentir que un hijo crecía dentro de mí. Y no me importaba quién sería el padre, lo confieso: yo quería sentir eso, un hijo dentro de mí, un bebé rodeándome el cuello con sus brazos. Jamás me habían interesado los bebés, nunca había estado cerca de uno, pero algo aullaba dentro de mí y me puse a seguirlo.
Nació mi primera hija y comprendí que iba a tener todos los hijos que me permitiera la biología. La gloria, la gloria de ver esa belleza salida de mi útero pero tan diferente de mí era lo más excelso que podía pasarme. Vi a mi primera hija y pensé lo que repetí al nacer los otros dos: “¡por favor, que podamos llevarnos bien!”
Tuve otros dos embarazos y los perdí. La naturaleza -a veces- es sabia y me protegió de seguir pariendo porque quién y cómo podría haber criado a esa progenie si la madre estaba cada vez más deteriorada en su autoestima, cada vez más violentada.
“¿Pero a quién se le ocurre?” “¿Quién podría quererte?”, y yo mirándome en el espejo agarrada por los pelos y creyendo que por supuesto, nadie.
Y ocurrió algo que nadie esperaba, yo tampoco: comencé a trabajar, pero no pegoteando arcilla para quien se acostaba con mi marido, sino haciendo algo que casi había olvidado: pegoteando palabras para traducir ideas. Así comenzó el periodismo, al que me aferré con toda la decisión de no soltarlo, porque era lo que de verdad quería hacer.
Fueron años terribles: agenda, teléfono, cocinar para el freezer, ver quién se quedaba con los chicos, salir a lo loco a patear la Capital, teclear a las 5 de la mañana bajo el naranjo, colaboraciones con cuatro o cinco medios diferentes. Cobrar y antes de que el dinero fuera al seguro del auto o a la cuota del colegio profesional, la alegría de comprar un montón de juguetes baratos en el mayorista o unas toallas que todavía uso.
Una vez le comenté, muy divertida, a mi jefe que nadie me había detenido en una dependencia del gobierno. Me miró y me dijo: “¿Y quién te detendría con esa imagen de seguridad que tenés?” ¿Yo? ¡Pero si yo estaba hecha polvo, era nadie!
Me tomó dos años oscilar entre el sí y el no: la vida es así, esto es lo que nos toca, y sus antítesis.
Una mañana de sábado, en la cocina escuché: “¿Y si tuviéramos otro hijo?” y sin ninguna voluntad, sin siquiera abrir los labios, exhalé: “Yo no quiero seguir viviendo con vos”. Así de fácil, así de simple. Nunca vi la cara de alguien demolido por un mazazo, no me cabe duda de que tendría esa cara.
La próxima vez que piqué zanahorias para un tuco me reí a carcajadas cuando in mente escuché “¿A quién se le ocurre ponerle zanahorias a un tuco?” ¡A mí! ¡Sí, mil veces a mí!, repetí mientras seguía riendo y agregando zanahorias.
Tags: mujeres
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