Delia

28 de Diciembre de 2012 por RIMA

Bárbara Gill, Columnas

Tiene 78 y es mi maestra de yoga. Vive cerquita de mi casa y es una de las personas que más quiero y admiro. Pero su historia comienza con una adolescente embarazada, echada de su casa en Entre Ríos y paradita al borde de la ruta, solita su alma.

Una prima tuvo a bien acogerla en un suburbio de Buenos Aires, en un Boulogne que por ese entonces era pura quinta de verduras y carros de lecheros.

Delia tuvo dos madres, amó y comprendió a las dos. Creció con una curiosidad que nadie podía saciar, que ella guardaba sabiendo que algún día… Nena aún conoció a Germán, el buen mozo tímido y buenazo. Unos años de noviazgo mientras ella terminaba “corte y confección” y la felicidad de ir levantando la casa propia, de a poquito, con sacrificio, pero por eso con tanto más cuidado, con tanto más amor. Rita fue como un premio, pero el único posible, el máximo.

Años de primorosos trajes de novia que iban pagando las mejoras de la casa, los estudios de la hija, a la que le sobraban talentos. Rita tuvo éxito en todo lo que se propuso, y su volubilidad la llevó desde la danza moderna y el teatro hasta la beca en Estados Unidos para consolidar el inglés o la velocísima carrera de ejecutiva.

Madre e hija congeniaban hasta casi excluir a ese padre que en realidad era la base firme, el pedestal de todo un edificio que lo sobrepasaba y no comprendía.

La vieja curiosidad nunca abandonó a Delia y cuando despertó fue para lanzarse a estudiar a diestra y siniestra. Cursos más o menos largos, jornadas, simposios, conferencias, encuentros con maestros de sabiduría. Resistió estoica las tremendas exigencias para llegar a ser profesora de yoga en la escuela china más severa. Había encontrado un punto de apoyo desde donde crecer, echar ramas, florecer a diestra y siniestra. Hoy es mucho más que una profesora titulada, es una maestra de quien aprender día a día y gesto a gesto. Doy fe, la conozco desde hace casi veinte años.

Un buen día Rita dejó el éxito y eligió “la vida sencilla”, se casó con un músico y quiso tener tantos hijos como había querido su madre. Martina nació entre mil dificultades e incertidumbres, quién sabía si la madre o la hija –o ambas- sobrevivirían.

Fueron seis años de felicidad y terremotos familiares, pero Delia siempre fue la roca inconmovible y todos se aferraron a ella. Rita murió después de toda la crueldad que un cáncer puede deparar, tanto a quien lo padece como a quienes rodean al enfermo. Delia acompañó a su hija hasta el último aliento. Y se derrumbó, sabiendo que no tenía derecho, que Germán, que sus alumnos…

Delia estaba partida, ya no tenía esa otra mitad que la había impulsado, que la había exigido a evolucionar, que había sido su estímulo para desenterrar la curiosidad… Se sentía un autómata menguante. Su figura naturalmente frágil y pequeña se hizo transparente. Sus grandes ojos marrones perdieron brillo y solo mostraban dolor, un dolor que pocas mujeres pueden comprender: las mujeres cuyos hijos han muerto antes que ellas. Pero tenía que seguir, por Germán, por los alumnos. Y Delia siguió. Y sigue. Y sigue siendo una maestra, y de eso doy fe.

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1 comentario en este artículo

  1. jessica dijo:

    una vida muy admirable como muchas mujeres que tienen sueños una lo logran otras no pero admirarlas porque a pesar de los obstaculos algunas logran realizarlos….

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