Doña Rosa

28 de Diciembre de 2012 por RIMA

Bárbara Gill, Columnas

Es mi vecina “de al lado” desde hace más de medio siglo. Y no es Rosa, ha sido, es y será Doña Rosa.

La conocí como una joven recién casada, feliz con su casa nueva gracias al Plan Eva Perón. La vi cuidar su casa, que con tanto esmero pintaba y repintaba su marido, José (juro que los nombres son reales). La vi soñar con hijos, muchos hijos para amar y cuidar; no pudo ser. La vi trabajar desde antes del alba en la panadería que con tanto esfuerzo pudieron abrir junto con Petra –su hermana- y Arturo –su cuñado-. La vi alegrarse en las fiestas porque la casa se le llenaba de parientes y gritos de niños. La vi envejecer.

La veo hoy con sus 80 años caminando rapidito rumbo a la compra, al trámite, al cobro de la jubilación. La veo cuidando con santa paciencia a José, postrado por los años y la enfermedad. La veo gozando su jardincito, cuidando sus flores, recogiendo limones. La veo siguiendo el vuelo de los picaflores, zorzales y torcazas que bajan a beber el agua que les deja en el patio. La veo solita pero jamás triste o malhumorada. La veo sonriente cuando le devuelve la pelota al nene de los vecinos. La veo radiante cuando nos quedamos charlando, cerco por medio, y media horita es nada contándonos sobre gatos, berenjenas en escabeche y hormigas. La veo feliz y agradecida cuando intercambiamos limones por mermeladas y plantas por pickles (solemos dejarnos los dones en bolsitas sobre uno de los postes del cerco, para sorpresa y placer de cuando una los descubre).

Las diosas me libren de pensar alguna vez que su vida ha sido o es simple, intrascendente, común. Es una heroína, qué duda puede caber. Es un ejemplo a imitar: a ver si cualquiera puede envejecer con tanta dignidad y elegancia al viejo estilo, con tanto silencio estoico, conservando el espíritu abierto a la belleza, al amor por los prójimos y los bichos, siempre dispuesta a dar.

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