Sofía

2 de Enero de 2013 por RIMA

Bárbara Gill, Columnas, Novedades

13 medallas de oro, una por cada examen anual de piano. Púber que maravilló al Sodre montevideano. Soprano dramática adolescente que se ganó una beca de la Scala. “En Europa son todas putas”, por eso la casaron con un argentino que le llevaba más de veinte años, un caballero, un gerente adinerado, el hijo único de una madre dominante.

La noche de bodas el caballero la violó. Al mes la golpeó porque todavía no estaba embarazada. Cuando nació la primera hija volvió a golpearla porque no había heredero del apellido. Cuando nació el varón dejó de ser útil y la confinaron a un banquito petiso donde se pasaba las horas. No podía tocar el piano porque la suegra tenía migrañas, no podía criar a los hijos porque para eso estaban los demás.

A escondidas creó hermosos aros y collares, pero el marido se enteró y le puso fin. A escondidas comenzó a diseñar ropa para niños, pero el marido metió la cuchara y la cosa fracasó. El marido perdió su puesto, pero ella ya estaba manejando una peluquería de eltura y ganando cuanto premio había. No tocaba la caja, era cosa de él.

Viuda a los 38, destrozada, con una decena de años de café y galletitas como único alimento. Bella, consciente de su belleza y con decenas de pretendientes rechazados. Minishorts y pestañas postizas, baile en peñas y frío en la enorme casona.

En algún momento vio que el piano estaba ahí. Y ella también. Practicó la Patética del gran sordo durante todo un verano, anotando centenas de cositas con un lápiz Faber. Se levantaba de la banqueta dejando un charco de sudor (sic, fui testigo) y los aplausos de los vecinos que se juntaban detrás de la ventana (sic, fui testigo).

La Argentina por fin pudo escucharla y admirar sus conciertos, después de tantos años de silencio. Pero ella no quiso esa carrera, le alcanzaba con demostrar que podía. Se conformó con ser la organista de las iglesias más importantes de Buenos Aires y tocar el Allelluya de Haendel en los funerales, para escándolo o alegría de los familiares.

Murió pasados su ochenta, en la casa donde fue tan infeliz pero que ella consideraba que era su guardiana, aunque tantas y tantas veces trató de vender. Murió con su hija esquizofrénica al lado, aunque peleaban a diario pero no podían separarse. Murió sin haber podiddo expresar todo lo que había en ella. Como tantas.

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